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Y la niña entró subyugada, fascinada, in poder esconder el espanto que salía de sus ojazos tristes en que se había parado la juventud. El palacio del liada estaba todo él construido en un pedazo de cristal de roca. Miles de lámparas vivas se encendieron en sus salones, galerías y camarines. Una música más suave y lejana extendió como un aura de amor el himno sereno de los espíritus. Cantaban los gusanos encendidos, cantaban las ninfas envueltas en sus velos vírgenes... El palacio cristalino cantaba con todas sus moléculas. -Vestid á esta niña como sabéis hacerlo- -dijo la Princesa á sus doncellas. Y súbito, las arañas artistas hicieron una tela ideal que bordaron larvas y ninfas, y argentearon miles de insectos. Joyas nunca soñadas la deslumbraron. Y cuando vio su imagen en un muro de aquellos límpidos y tersos, se sintió desfallecer de admiración y de alegría. Servida estaba la mesa. Minúsculos hongos fosforescentes daban aroma y luz. Cristalería de amatistas, vajilla de esmeraldas, mantelería hilada por larvas y pulgones... Y manjares extraños, vinos exquisitos encerrados en uvas transparentes, rojas, blancas, azulinas. -Llamad al Príncipe de la cota azul. Y vino el Príncipe zumbando una canción alegre con sus alas de gasa. -Tomad forma conveniente y sentaos, Príncipe. Servid á esta Princesita que os traigo del mundo. El Príncipe se despojó de su casco obscuro con antenas flexibles, de sus alas tenues, de su extrema armadura, y quedó en la forma de un mancebo rubio. ¿Qué os parece vuestro Príncipe? ¡Ah, señora! Me parece que es San Miguel Arcángel, el más bello santo que hay en los cielos! Todas las larvas y ninfas, todos los gusanos que servían de lámparas, todos los alados miisicos y poetas que formaban la corte, hasta los hongos que fosforecían como células de un ojo enamorado, entonaron el himno mágico, la canción de la vida y la alegría. Vibraban estremecidas todas las moléculas de cristal que, agrupadas, formaban el palacio; y parecía extenderse aquella vibración grandiosa á los dominios tranquilos de la noche, a l a enorme majestad del espacio. Al arrullo de esa estrofa universal fué durmiéndose la niña. Se durmió poniendo su cabecita rubia sobre la cota azul del más bello de los Príncipes. Y soñó... Al salir el lucero del alba, el frío despertó á la niña. Estaba sobi e el risco d é l a s tres aspas, alegre, curada, con la alegría de vivir dentio de los ojazos, grandes y luminosos como el lucero. l rincGsita del caracol, ¿cuántas vaeita. s da el girasol? Era Simi. ¡Ah, tontuela! Ya sabía -o que vivirías: no hay sino hacer qne as niñas sueñen con un Príncipe, para que no se mueran. Vamos á la vida. ¡Eevántate, y anda! JOSÉ DlliUJOS DE REGIDOR NOGAEES X I V. If- Aís: Sz -íi