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Ved ahora otro ejeniplo. Don Pedro Fernández de Córdoba lia sido un peisonaje, una estrella fulgurante de la corte. Nació en ilustre cuna, vivió entre grandezas, y colocado desde un principio en la altura. Posee además una inteligencia fuerte, cultivada con el estudio profundo de cosas serias. Su espíritu todo, así en el pensar como en el sentir, está criado y predispuesto para lo monumental, para ver la vida en ciclópeos bloques y abarcar los conjuntos con desprecio de la ruin medida de lo pormenor y del recuento tacaño de cantidades fraccionarias. Un cerebro amplio y una voluntad cesárea. Naturaleza de águila, lieclia para respirar en las alturas, mirar al sol sin deslunibrarse, y al mundo á vista de pájaro. Acometióle de repente la enfermedad sin dolor, el mal del entendimiento, el microbio de la tinta, que se apodera de quien escribe ó lee con gula. Los médicos le obligan á apartarse totalmente del trabajo, de la actividad, del círculo donde gasta su vida. Hay que buscar la salud en la soledad, en el reposo, en los aires fortificantes del campo. Y el gran D. Pedro se retira á una rú. stica aldehuela de cien vecinos. El águila se ha convertido en gallina de corral, que picotéalos yerbajos, escarba el suelo y anda con paso menudo mil y mil veces por el mismo pequeño espacio, con las tapias del galline- ro por todo horizonte. Los moradores de la aldea son gente obscura, iliterata, burda en el pensar, en el sentir, en el proceder y aun en el vestir. D. Pedro es entre ellos un aerolito áf materia extraña, caído en la tierra desde otro planeta. Cuando habla, como solía, no encuentra auditorio; cuando quiere discutir, no halla contrincantes que con su oposición le enardezcan, como el golpe del martinete caldea el hierro. Nadie le entiende: parece que habla chino en España, ó español en China. Lo que le rodea es ignorante, tosco, menudo, cominero. Podría crear para sí, y en el retiro de su cuarto, un mundo aparte comunicándose con los sabios y los artistas en los libros. Pero le está prohibido leer y hasta meditar. lia de nacer vida animal; para eso ha venido al destierro campestre. Y así, en medio de un ambiente influido por aquel hielo moral, la alta columna de mercurio desciende con rapidez y se achica y se encoge en la esférula donde se concentra la vida de aldea. D. Pedro es otro hombre; se va transformando. El cerebro se le enmohece, como las ruedas de la máquina parada. Su vocabulario, antes copioso, olvida su caudal por desuso. Su palabra, anres artística, toma los modismos villanescos, las locuciones viciosas y la mala pronunciación local; sólo de esa manera le entienden. Su figura y ademanes señoriles se aplebei an bajo el chaquetón y el capote. Y andando el tiempo, aquel espíritu grandioso se ocupa y goza en las intrignillas eolíticas de campanario, en las murmuraciones de comadres r t r H IC -i. y nasta en el cominear de la casa, ajustando las cuentas del gasto diario, y recogiendo los huevos de las gallinas. I a capa fi ía de la vulgaridad lo ha envuelto y aplanado. Es un rústico como los rústicos que se codean con él. ¡Termómetros de carne y hueso! La temperatura exterior los deprime ó los eleva. Sin embargo, Juan y D. Pedro son los que eran. Tienen el mismo peso: Juan en mayor volumen. D. Pedro en volumen menor. Uno ha crecido, otro ha disminuido, pero sin aumento ni disminución de su valor. La misma cantidad escrita en letras minúsculas ó escrita en grandes titulares. llInU- IOS DE MKNDE PRÍ G. EUGENIO SELLES