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koNED la vista en el termómetro: mirad su cordoncillo de mercurio. Está apretado en su prisión de cristal, acurrucado al pie de la columna como para librarse del frío: encogido como un chicuelo asustadizociue no se atreve á salir de sus casillas. Colocadlo en una atmósfera caliente: empieza á desencogerse, y se estira, y se estira. Elevad más la temperatura: el hilo sube, y se dilata y se empina hasta ganar la altura de la torre diáfana. Sacadlo ahora de aquel ambiente cálido: llevadlo á otro ambiente frip. El mercurio se estremece y baja y se achica y vuelve á encogerse en el fondo de la esterilla, como rastrero galápago que esconde la cabeza en la concha. Esta observación parece de una vulgaridad inaguantable, y lo es en efecto. Pero tiene su correspondencia con la vida humana, y ya entonces la observación, aunque siga siendo vulgar, puede ser interesante como todo lo que toca á nuestro propio sen El hombre colocado en la atmósfera social es un termómetro de carne 3- hueso, no tan diáfano como el de cristal y mercurio. El ambiente hace al hombre, y el clima hace las plantas; y así como ellas se desarrollan ó degeneran según la temperatura, él se estrecha ó se dilata según los grados de calórico moral. Ved, por ejemplo, á ese Juan Pérez. l í a nacido abajo, en lo humilde, en el. fondo obscuro de la sociedad. Ha vivido sus primeros años apretado en su esfera angosta. Un día afortunado, la protección de un pariente, de un amigo, tal vez de una mujer rica que le entrega su mano, le saca á flote, le presta calor, y empieza á elevarlo. Juan Pérez es: otro hombre: siente la influencia de la altura y respira con desahogo, libre de la espesa capa atmosférica que gravitaba sobre su cabeza. Va tran. sformándose su ser físico y moral. Las costumbres nuevas, el trato de gentes, hasta la buena ropa dan á sus ademanes y porte desenvoltura y aplomo de que carecían. El cuerpo deja aquel encogimiento de los que no tienen confianza en sí mismos. El espíritii va también ascendiendo. Penetrado de su superioridad, se aguza la inteligencia, antes roma. Convencido de su poder, se vigoriza la voluntad, antes flaca por el desestímulo de quien teme siempre estrellarse en el obstáculo y ser vencido en el combate. Y sube y sube sin cesar. Ea atmósíera caliente le rodea y le empuja arriba. Ea victoria llama á la victoria. El atrevimiento coronado por el éxito alienta á otra audacia. Cuando todo sale bien, se intenta todo: por algo creen los cristianos que la fe es la salvación, ó, por lo menos, es la mitad del camino de la gloria. y una buena mañana acjuel Juan Pérez, de quien se sabe y se dice que es sólo un ejemplar del vulgo, bajo de origen, desocupado de ciencia, corto de entendimiento, aparece remontado á las cimas sociales con un título de Castilla cjue oculta su pobre apellido, ó con un montón de millones que lo doran, ó con una cartera y en un coche de ministro que le trae el saludo reverente de los guardias de orden público, los cuales valen tanto como él, ¡pero están encogidos por el frío del medio callejero en que vivenl ¡Termómetros de carne 3 hueso! Ea temperatura exterior los eleva ó los deprime.