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E Í Í G A P I T O Poláincz era un mucliacho cor. iple tamente íeliz. Contaba con nna salud ó prueba d e aventuras, con una posición desalio i da, y con una faniilia tan desahogada como la po. si ción, pero sumamente cariñosa. Todo le sonreí; en fin; excepto el padre, que no podía sonreirlc por haber fallecido años atrás. Pero u n día tuvo Ag oito la peregrina conrrencia d e trabar amistad con dos jóvenes jiocta. no mal parecidos, aunque algo desaseados, quí seguían la carrera de sonaderos melarcóüccs y desde entonces no fué el muchacho el niÍEUK que era. De tal modo comenzó á pesar en su áni mo la influencia de aquellos dolientes amigo, que la pobre madre del interesado, amiga mí: de gran intimidad, decidió llamarme en cónsul ta para abrirme su pecho (en el sentido figura do de la frase) y manifestarme las alarmas y la; inquietudes que su único y transformado hijo le proporcionaba. Ayer fui, en efecto, á casa de la viuda de Po láinez. ¿Qué tal, Emerenciana? -la pregunté, á la vez que estrechaba sus manos trémulas, ya bastante estrechas de suyo. -Medianamente, amigo Juan, Este Agapito que Dios tuvo la amabilidad de concederme, y qtic ha estado siendo mi alegría hasta Irace poco, me tiene disgustadísima. I,o de menos, querido amigo es que se lave de tarde en tarde y que haya jubilado á su peluquero. Do peor es que no se ríe jamá. s, que todo lo encuentra doliente, y que por donde quiera que va, va la tristeza consigo. Y como la me laricolía, aunque no esté justificada, es evidentemente contagiosa, de algún tiempo á e, sta parte no hay persona ni cosa en este liogar que no esté impregnado de profunda melancolía. -I ero ¿le ocurre al cliico alguna desgracia. ¿I, e roe secretamente el corazón algún incorpóreo gusanillo? ¡Nada do eso! Cada día tiene mejor salud, más dinero y menos preocupaciones; pero éi supone que viste mucho eso de encontrarlo todo sombrío. Afortunadamente, nos vamos acostumbrando, y ya ni mis criadas tii yo hacemos caso de las melancolías. i ntes, al llegar á casa y pasar junto al cuchitril de la portera, daba mi hijo las ouenas tardes y subía hasta aquí canturreando. Ahora lanza un su, spiro y sube en silencio la escalera. Todos los días encuentra los calcetines sollozantes, los garbanzos dolientes, la chocolatera triste, el gato melancólico... Hasta en las castañuelas que hay colgadas en el gabinete ve dibujarse una vaga melancolía. Para él, en fin, todo es doliente. Y lo temible es que acabe por perder el juicio completamente, porc ue á veces llama pálido lago á la artesa, cipreses enfermizos á lo. paraguas, bosque rumoroso al cuarto ropero, nenúfares á las patatas fritas y ensueños sflaucos á los ronquidos de la Salustiana. ¿Qué le jiarece á usted de todo esto? -Que debe tenerle á usted sin cuidado- -respondí á mi amiga, -siempre que esas extravagancias no traigan consigo algún perjuicio para usted ó para él mismo. ¡A amigo Juan! -replicó la madre de Agapito. -I o triste del caso es que acaba de ser víctima de sus rarezas. ¿Pues qué le ha ocurrido? -iSencillamente lo que va usted á oír. Como mi hijo todo lo encuentra doliente, según he dicho, anteanoche le pregunté, cuando se retiró á casa: ¿Cómo está. s? Doliente me re, spondió... ¡Cuan do no es Pascua! le dije... No, madre violácea, ho 3 tengo el vientre doliente añadió Ag apito, Yo, que no soy violácea, pero conozco á mi hijo, tomé á beneficio de inventario la dolencia. Agapil continuó manifestándose quejumbroso toda la noche; llamó á la doncella para que le hiciese una taz de té glauco; la doncella, aunque pálida, tampoco le hizo caso, como de costumbre, y el infeli. se de, esperaba, asegurando á gritos que estaba doliente de veras... En suma, si ayer no acierta á presen tarse aquí por casualidacl mi hermano el médico, que apreció en Agapito una afección intestinal coi alta liebre, el chico sigue á estas horas esfumándose (como él dice) en el catre del dolor, y esforzán dose en afirnmr que tiene el vientre azul j- todo el ci: erpo dohente, sin obtener de mí ni de mi servidumbre la más leve friega ni la más diminuta infusión. ¿Y se encuentra ya bien? -Por fortuna, sí, pues su fuerte naturaleza se sonríe de todas las dolencias azules, j a sean aparentes, ya efectivas. Pero yo quisiera, amigo Juan, que me indicara usted un medio de acabar con las melancólicas ridiculeces de mi Agapito. -Perdone usted, Emerenciana- -la dije, -pero ei egoísmo me impide complacer á usted. y á todos los que se hallan en el mismo caso. ¿Por qué? -Porc ue, precisamente, en las extravagancias de Agapito y de sus congéneres puedo yo hallar fuente copiosa de asuntos parodiables para mis composiciones literarias; y el contribuir á secar esa fílente, ¿no sería en mí una imperdonable primada? JUAN PÉREZ