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ISTJBAM: OS i jL CXJE: STJLI (Pérez Albo y López Ne rete. De foco más ie ctneumm años. Clase medía apretada. Aspecto decente. -Diga usted, amigo: ¿porqué querrá Dios que ÍOFíS, como le iba á usted diciendo, lie venido á pasear por estos amenos sitios para des- los españoles tengamos que padecer estos desnipejarme la cabeza más que para dar gusto á los veles en el suelo y en los bolsillos? Ea tierra esremos. He entrado en San Antonio de la Florida... pañola es una de las más accidentadas del globo; ¿Y le ha pedido usted algo al santo de las ni- toda la Península está en cuesta. Pues nuestros bolsillos ¡no se diga! son montañas rusas... ¡Es ñas, Negrete? mucho cuento éste! ¡Nacer y subir y subir, Mire- ¡Tendría que peciirle tantas cosas! H e visto ¡Pobre jaco, con la lengua fuera, los frescos de o a, ¡maravillososfrescosl y como usted aquel. y hala que hala, cuesta arriba! no es flojo el que ya se siente, volvía hacia Ma- -Y el cochero arreándole latigazos; ¡qué bruto! drid al encontrarle á usted. Me duelen como si me los pegara á mí! -Yo también he paseado, amigo mío; he pa- -A usted se los pegan el ministro de Hacienda, seado hasta derrengarme, y nada, el problema no el tendero de ultramarinos, el propietario de 1? tiene solución. Por mucho que lo pasee... ¡nada! casa, el sastre, la modista de las niñas, ei médico- ¿Qué? ¿Hace usted números como yo, Pérez el arrendatario de las cédulas, la Tabacalera, el Albo? A mi las Matemáticas me han traído á San prestamista odioso, ¡qué sé yo! Todo el mundo nos Antonio de la Florida. vapulea mucho más que el simónk su jaco, mien- -Y á mí á la pradera del Corregidor. tras subimos, como éste, la cuesta de Enero, con la- -A mediados de Enero y sin un céntimo. lengua fuera y ¡hala que hala... -Exactamente lo mismo me sucede á mí. -Es verdad, es verdad; pero no puedo sufrir- ¿Sabe usted en lo único que se diferencian que se martirice á los animales. ¡Voy á decirle unos españoles de otros? algo gordo á ese cochero! ¡Calma, amigo mío, calma! ¡Más que incre- -Usted dirá. -En que unos pasean sus apuros, como usted parle, debe respirar fuerte! Respire usted, pues y yo, y otros los sufren sentados. Pero no lo dude, va sin resuello, y sigamos subiendo la cuesta. ¡Aaaah! ¡Tiene usted razón, me falta el alienamigo mío, hoy día de la fecha todos los madrileños, y estoy por decir que todos los provincianos, to hasta para indignarme! ¡Subamos la cuesta! ¡Subamos la cuesta! Después de todo, un capadecen nuestro mismo mal. ¡Maldito Enero, primer mes del año, y cómo aprieta! ¡Qué difícil ballo es un caballo. ¡Pero fíjese usted c -aquel pobre hombre, mozo de algún lavad- iú, que sube es de subir! ¡Pues anda, que menuda cuesta nos espera delante de nosotros con una pes. icisiraa saca t. e desde la Estación del Norte hasta la plaza de San ropa sobre la espalda. ¡Se necesitan pulmones! ¿eh? ¡Y a lo creo! Marcial! ¡Y todo por un par de reales á lo sumo! ¡Me- ¡Peor csla q u e h a j hasta fin de mes! ¡Ea terri- río yo de los empresarios de teatros que al ver ble cuesta de Enero! sus salas vacías dicen con los puños en alto: -Tiene usted, razón; pero ¡qué diantre! ¡suba ¡Maldita cuesta! Si tuvieran, como ese pobre mos la cuesta! ¡Subamos la cuesta!