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LOS AMIGOS DEL MUSEO. UN MAGISTRADO o es preciso que repitamos al lector todos los detalles del suceso senaacionalj tormidable, de estos últimos tiempos: la caída siniestra del grande y poderoso primer ministro de nuestro muy amado monarca D, Felipe IV. Ya sabéis que íiace dos años fué preso una noche en Valladolid I) Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, conde de La Oliva; sabéis que al verse despertado á deshora por el juez, la turbación de este hombre poderoso fué tanta, que tardó nn cuarto de hora en sólo ponerse un escarpín sabéis que desde Valladolid lo llevaron al castillo de Montanchez, y que desde este castillo lo niudarotí a l a villa de Santorcaz, á siete leguas de Madrid; y sabéis, finalmente, que ahora se halla en Madrid 3 que hoj! -mismo creen los bariacheles, alguaciles, jueces 5 escribanos que quedará dictada la sentencia. En Madrid D. Rodrigo tiene por prisión una ancha sala de u n a casa de la callo Ancha de San Bernardo; la sala es tan obscura, tan lóbrega, que hay que mantener en ella constantemente luz encendida; dieciocho soldados hacen el servicio de vigilancia en el exterior del edificio; dos guardas de vi- sta que se renuevan de dos en dos horas, vigilan atentamente á I) Rodrigo en el interior de la sala. Pero esto es todo inútil. D. Rodrigo, este hombre un día tan grande, tan prepotente, está casi desconocido; no come apenas; duerme en el suelo; se proporciona asperísimas penitencias con un c i l i c i o y cuando por acaso camina de u n a palle á otra por la sala, marcha ra, streante, á causa de la gota que le ha cargado, sosteniéndose con unas muletas. Y cree bien el mundo judicial al Sospechar que 1103 vaá ser p o r fin dictada la sentencia. Ya están reunidos ios jueces. Observémoslos sin que ellos se percaten: los tres son graves, severos, repletos de jurídica sabiduría. Y entre los tres, u n o de ellos llama nuestra atención. Eíste es un magistrado alto, recio; una ancha pera remata su rostro; sobre su pecho rojea la cruz de Santiago. Y los tres jueces van deliberando largamente sobre este caso extraordinario; la materia es compleja; son muchos los delitos de que se acusa á D. Rodrigo (alguno de ellos tan absurdo como el i n t e n t o de asesinato de la reina doña Margarita de Austria) pero todos los tres están de a c u e r d o en condenar á muerte al gran valido, y los tres v a n redactando, en efecto, la sentencia en que se le condena á ser degollado por la garganta Y cuando la sentencia está redactada, uno de ellos coge la pluma y firma: Licenciado don Francisco de Contreras; otro escribe: Licenciado L Luis de Salcedo; y el tercero estampa; LJcenciado D. Dieífo del Co 7- ral y AreUano. Y este D. Diego, lector, es nuestro amigo el magistrado de la perilla ancha que h a re tratado Velázquez. y que aho ra, p o r la liberalidad de una dama; admiramos en el Museo AZOrJN FOT. T. ACOSTE