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E L O G I O DEL CERDO fe 4 LOGiBMOS al cerdo, ya que tanto nos gusta. No imitemos el ejemplo de nuestros liermanos CSs l que le denigran, sin perjuicio de saborear su lomo substancioso, sus ricos pemiles, sus sa brosas patas, sus orejas gelatinosas... Acaso, para justificar sus propios vicios, el hombre ha echado sobre ese animal inapreciable las más odiosas calumnias, que él ostenta con valor heroico, sin hacer nada por desvanecerlas. Y sus nombres, tan respetables como todos, han servido siempre para que nosotros nos adjetivemos: cerdo, cocliino, marrano, puerco, guarro, lechón... ¿Quién tolera cualquiera de estas palabi as sin exigir en el acto se. tisfaccióu cumplida? Falta saber si, obrando á la recíproca, los nombres que á nosotros nos envanecen no son tanrbién insultos entre los individuos de su raza. Guiados por la falsa moral de los indoctos fabulistas, nosotros despreciamos á ese animal tan útil, tan complaciente, tan agradable y beneficioso. Censuramos su afán por la comida, criticamos sus costumbres, le llamamos inmundo y desaseado, hacemos de él un síuibolo de cuanto hay de bajo y de grosero en la tierra, de la vil materia que á todos nos comprende y donde todos quedaremos comprendidos... Y estas agrias censuras descubren lo inmenso de la humana vanidad, porque forman pa. rte del pliego de reparos que nosotros esgrimimos contra la creación entera y demuestran al mismo tiempo nuestra ignorancia sobre el destino de los seres... Es fácil que si nosotros fuésemos autores del mundo, hubiéramos dado al cerdo otro papel distinto. Mas ya que esto no haya sido po. sible, comprendamos que el cerdo ha nacido para ser cerdo, pesé á nuestras diatribas y á nue. stros sermones... Que no estaría tan bien como pudiera parecer á primera vista que el cerdo alternara en sociedad, ó se dedicara al comercio, ó formara parte de una comisión parlamentaria, si bien algunos siguen estos y otros caminos parecidos, escapándose de la matanza correspondiente. Así, pues, nuestras censuras no son sinceras. Y debemos añadir que son calumniosas, porque todos saben que el cerdo, lejos de ser puerco, es un animal que se baña constantemente y C ue aura el agua lo bastante para que se le considere afiliado á la política hidráulica. Su afán por la comida no es cosa que pueda sorprender á una especie como la nuestra, que ha cantado los placeres de la mesa y que cuenta entre sus individuos con amplios consejeros de empresas poderosas, con discretos políticos, con activos negociantes... Y somos nosotros mismos quienes activamos su glotonería pensando en el día de mañana. Cebamos al cerdo para que engorde, preparando nuestra propia alimentación... ¿Cómo censurar la suya, si además se nos ofrece en iiolocausto. No le censuremos tampoco porque viva en piaras, en la dulce compañía de sus seaiejantes, usando del derecho de reunión, reconocido y alabado por los pueblos cultos. Como en la familia está el germen de la ciudad, en la piara está el origen de la humanidad triunfante, que dicta sus leyes y arregla sus destinos por la sagrada ley de las maJ orías, columna y sostén de las buenas democracias. iMas el cerdo parece que ha escuchado también la ramosa frase del genio noruego; para ser fuerte, el cerdo vive solo, como los grandes pensadores, como los altos espíritus que se alejan del mundo. Miradle en su medio, que á nosotros nos sorprende porque no hemos de vivirle, como nos sorprenden y nos inolestan sus gruñidos sin comprender que en ellos están también el amor, el odio, la cólera, la piedad... ¡cuantas pasiones forman la vida de todo lo que alienta bajo el cielo! En su pocilga, el. cerdo ve transcurrir sus horas, tal vez con la perfecta tranquilidad c ue le hace símbolo d e la más- alta filosofía, acaso con un deseo que la ciencia no pudo descifrar aún... Allí recibe los cuidados del hombre, viviendo en la ociosidad, entregado á sus propios ideales, á sus propios sueños, tal vez á sus pensamientos. Allí sufrió la incruenta operación que nos hace pensar en que el amor es algo que no deja engordar j que acaba con el destino de los seres. Allí adquiere esa abundancia de carnés, ese color lustroso, esa alegría que será universal cuando el mundo haj a resuelto el único problema interesante de cuantos se crea para llenar el inmenso bostezo de la vida. A. 11 Í, en fin, espera tranquilo y sonriente el día de su sacrificio, en que el hombre sacie en él sus instintos criminales detenidos por los códigos indigestos. Y entonces llega también para él la hora de la justicia. Porque para el cerdo, como para todos los grandes hombres, el día de su muerte es el comienzo de su gloria. Sazonamos entonces sus carnes, distribuímos sus partes, recogemos hasta sus tripas y su sangre, porque es el único animal que no tiene desperdicio... Y hasta el hombre más obtuso se ve obligado á considerar, si persiste en su concepto denigrante del amable ser á quien devora, que es lo más inmundo lo que tiene más substancia... Por algo las flores brotan entre espinas, y de las tierras mejor abonadas surgen las espigas llenas y altivas como cabezas preñadas de pensamientos. No denostemos al hermano cerdo. Elogiémosle, hermanos. Elogiémosle, sobre todo en estos días en que aparece triunfante, alegre y risueño á los pies del cenobita. Del glorioso San Antonio Abad, que tuvo l a dicha de vencer al Enemigo Malo después de haber dialogado en la Tebaida con los últimos dioses del Paganismo... DIBUJOS DE XAUDAUO ANTONIO PAEOMERO