Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
todo que usted tanto odia. Hay que reg- lamentar, que sistematizar la vida si se quiere ser liombre sano, que es lo mismo que decir liombre moral. Pero, D. Constancio, ¿usted cree, por ventura, que yo acabo de salir de la Cárcel Modelo? -No, Fulgariña; usted es un hombre aparte, D I B U J O S E M É X D E Z BRINCA un; poeta, un indómito, un anarquista, pero Dueiia, persona, excelente persona. Y lo extraño es que con ese carácter independiente, con ese temperamento revolucionario, haya usted sido militar; porque usted ha sido militar, si no me equivoco. Sí, señor, y dejé la carrera por no ascender á i efe. ¡Fulgariña! L o que usted oye; soporto con relativa paciencia que me manden... ¿pero mandar á los otros? Hasta capitán, perfectamente, todo el mundo me mandaba y yo obedecía refunfuñando; pero cuando me dijeron que iba á ascender á comandante, arrojé el uniforme diciendo: ¿jefe? ni de mí mismo, Y aquí me tiene usted de paisano y en plena anarquía, según su opinión. ¿Me canso de una casa? tomo otra. Cómo á la hora que tengo gana y donde se me antoja. Paseo unos días hasta rendirme y otros no me levanto de la cama. No tengo reloj: odio ese chisme antipático que convierte el tiempo en delator y hace jueces de las horas y corchetes de los minutos. El único progreso verdadero de la industria ha sido ese de abaratar los relojes. Ya están al alcance de todo el mundo, y, por consiguiente, no los quiere nadie. ¡Ni siquiera los roban! -Pero Fulgariña, sin medir el tiempo no hay orden, sin orden no hay higiene, sin higiene no hay moral, sin moral no hajr vida posible. Y no digo más porque son en mi reloj las cinco menos veinte y á las cinco en punto tengo la costumbre de estar en el Casino. Yo le convencería á usted de que una existencia metódica, ordenada, con las m. ismas ocupaciones 3 los mismos recreos á las mismas horas, con una alimentación sana y desde luego rigurosamente reglanrentada, con un sueño reparador y suficiente, con un ejercicio moderado y con sus toques de filosofía para solaz del espíritu, una existencia así hace dichoso al hombre sobre la tierra y le conserva largo tiempo en una especie de veranillo de San Martín. Metodícese usted, reglaméntese usted, Fulgariña. Ya usted y yo hemos pasado, con mucho, de los cuarenta, ¡qué diablo! y así es la vida; hasta los treinta se poetiza, hasta los sesenta se filosofa, y á los sesenta... ¡Se muere! -Yo no; he pasado de esa edad y cuento alcanzar á fuerza de método bastantes más años aún, y por de pronto, para no alterar mis costumbres, me voy al Casino. Adiós, Fulgariña, ya sabe usted dónde me tiene: Barquillo... -Y usted á mí en Marte. ¿Cómo en Marte? -Sí, señor; mírele usted allí; todas las tardes asoma á estas horas. Si usted supiera qué bien se vive en es planeta y qué desordenadamente... ¿Pero está usted loco? -No, señor; en Marte moran actualmente Platón, Pitágoras, Descartes, Fpicuro, Espinosa, todos los filósofos que usted admira tanto, y, ¡oh prodigio! en Marte se han vuelto poetas y han enviado el método, la lógica, el razonamiento, la higiene y la moral á paseo. Conque me voy á Marte mientras usted se va al Casino. Adiós, D. Constancio. -Adiós, Fulgariña. ¡Pobre hombre, debe de faltarle algún tornillo; claro, con esa vida tan desordenada, tenía que parar en Marte! ¡Qué prisa lleva el excelente D. Constancio! ¡He ahí un hombre que tiene la obligación imperiosa de estar á las cinco en punto en el Casino! ¡Y á eso le llama vida! El autor, apenas desaparecen ios interlocutores: -Caminar metódicamente y con falsilla sobre la tierra, vivir á tropezones y en fuga hacia Marte, ¿qué más da? ¡Todo es sueño! J O S É DE ROURE