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-fe? VIID. S D E CAI IISrjLErTE S Senda de la Moncloa. Hermosa tarde de invierno. E R D O K E usted... me había parecido... No, y no me equivoco. ¡Usted es Fulgariña! -Sí, señor, el mismo; y usted es D. Constancio. -Pero liombre, si es como de brujas... Cuatro, cinco, seis. Dios sabe cuántos años sin vernos. Y apenas le divisé allá á lo lejos, me dije: ¿No es Fulgariña aquel caballero? Y era Fulgariña, efectivamente. Hay cosas que si se las contasen á uno... ¡Mire usted que al cabo de los años mil encontrarnos aquí, en lo más agreste y solitario de la Moncloa! ¿Pero lia estado usted en Madrid todo ese tiempo? -Si, amigo D. Constancio, no me he movido de Madrid, pero me he movido luucho en Madrid. Usted conoce de sobra lo que llaman mis rarezas... -Un poco, un poco. -Desde que no nos vemos, he vivido en ocho ó diez sitios distintos: seis meses en la Prosperidad, cuatro en el Pacífico, tres en el barrio de Salamanca, uno en la Puerta del Sol. Luego alquilé un hotel como una perrera en los Cuatro Caminos, y después un cuarto en una casa de vecindad en la calle de Mira el Río Alta. ¡Já, já! ¿Y ahora vive usted en la Posada del Peine? ¡Qué Fulgariña, señor! siempre á puñetazos con el método, enemigo del orden anarquista el hombre más anarquista que yo he conocido; pero buena persona, excelente persona. No lo niegue usted: la hombría de bien le rezuma por los poros de la cara. ¿Quiere usted que nos sentemos en aquel ribacito? -Como usted guste. Sentémonos. ¡Ajajajá! Pues en cambio yo llevo cuarenta y dos años en la misma casa. Ya usted lo sabe, ha- cia el final de la calle del Barquillo... Tengo horror á las mudanzas, sobre todo por mis libros- -Y por no alterar sus costumbres. -Sí señor, por eso; pero también por los libros- -Sigo dedicándome á la Filosofía. -Y á la Higiene. -Llámele usted hache. La Higiene es una parte muy importante de la Filosofía. La Higiene es madre de la Moral nada menos. El primer moralista fué el primer nombre que se lavó la cara. -Y el primer enemigo de la moral el primei hombre que se lavó las manos. -Bueno, bueno; búrlese usted á su antojo. ¿Pero podrá negarme acaso que a higiene -la moral tienen idénticos adversarios? La suci di: l, las casas infectas, la mala alimentación, e alcoholismo... Déme usted un pueblo que se lave á menudo ó se bañe, se alimente bien, viva en buenas casas y odie el alcohol, y le daré a usted un pueblo virtuoso. De padres sucios, alcohólicos, mal alimentados, hijos degenerados é inmorales. ¡Eso, aun cuando con otras palabras, lo dijo Descartes nada menos y lo saben ya hasta los chicos de la escuela! -Por ello, sin duda, D. Constancio, usted se preocupa tanto de atemperar su vida á los sabios preceptos higiénicos. Para engendrar muchachos fortachones y morales. -No, Fulgariña; yo soy viudo y sin hijos. ¡Entonces, de bastante le sirve á usted la higiene! -Ya lo creo, á mí sí; á la sociedad no, pero á mí sí. Gracias á ella puedo llevar, sin dolores ni alifafes, mis sesenta y cuatro años, que ya es carga. ¿Y sabe usted una cosa que le va á molestar, Fulgariña? La higiene es cuestión de método, de ese mé-