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despacio las ramas de los árboles, cuando á la tardecita volvemos del campo tendidos cara al cielo sobre la balumba fragante de una carreta de mies cortada, cuando estamos miranda en la noche las estrellas que van su camino, ¿acaso no tienen para nosotros, agua, cielo, ramas, estrellas y carreta, vaivén lento de cuna? ¿acaso no sentimos la caricia de una canción de madre en esos ruidos que apenas lo son? Así en lo alto de las torres ellas oscilan y el alma se deja mecer y aun comienza á dormirse y sueña á voces. Sueña que la torre es su cuerpo y es su fortaleza, j es su ciudad interior; y que ella es como un corazón que se hubiese escapado del mundo: y sonríe compadecida de los otros corazones de hombre que aún están prisioneros en los laberintos de las ciudades, y quisiera clamar bellezas y verdades nuevas que, como Gerifalte, en su torre descubre, y pide para ello una voz, una gran voz, una voz de bronce sonora... Y si acontece que entonces por azar suena la campana... ¿Habéis oído resonar la campana estando en la torre? ¿No parece que, todo vuestro ser se inunda de sonido, que el sonido está dentro de vosotros y se desborda como de caudaloso manantial y rebosa como de estanque lleno, y cúbrela tierra y aún va más. allá? Y entonces, ¿no os ha ocurrido romper en grandes voces como niños para unir vuestro grito al clamor de la torre, y no oír vuestra voz? ¿Y cuando aquel fragor se va apagando y queda- el aire en torno por largo espacio estremecido y vuestro cuerpo tiembla como el aire? ¿y cuando luego hay un silencio mai- avilloso, y la campana se estafan quieta que parece que no ha sonado nunca? Y si á esta hora de mediodía, cuando el sol daba en la campana, habéis puesto la mano sobre ella, y el bronce estaba tibio como carne, ¿no os ha dicho una voz interior la campana está viva ¿Y no habéis retirado la mano movidos de terror reverencial? ¡Y la sombra que tiende la torre sobre la plaza solitaria de un pueblo! ¡Y cuando la torre es de aldea y tiene un gallo en la veleta, y desde lo alto se ven campos y campos, y á unos chiquillos que corren entre el trigo y á otros que lejos echan una cometa! ¡Y cuando es torre de gran ciudad, y se ve la ciudad y el movimiento desatinado de la multitud y no se oye el ruido! ¡Y cuando hay procesión bajo la torre y se ven los pañuelos de colores en las cabezas de las campesinas y los estandartes que mueve el viento, y la Virgen pomposa vestida de raso, y suben los cohetes y estallan en lo alto de la torre como si la viniesen á dar un beso! Y si acertáis desde la torre á mirar sobre un río! ¡Sobre un río, sobre el agua bruñida de un río- -bruñido metal parece desde arriba- -y adivináis el movimiento pausado del agua, y añoráis el rumor que no puede subir hasta vosotros, y os parecen tan frágiles los chopos de la orilla, que desde abajo teníais por gigantes! Y sobre aquel río se pone el sol, y bajan los rayos hasta teñir de cobre la corriente, y hay refulgencias lívidas en el agua quieta; y luego el aire- -sobre el río- -se empaña de bruma, y poco á poco la bruma va subiendo, y ya cubre el agua, y ya. esconde los chopos, y ya ha ocultado el caserío, y ya se ha pegado á la torre, y nada se ve! Entonces no hay sino alzar los ojos, y allí está el cielo, y á Oriente ha nacido la luna, bermeja y niedi- osa, pero en la veleta se está todavía el último rayo de sol, y apagado él, se enciende el lucero en la punta misma de la cruz. Y en esta hora ya no hay sino misterio y soledad. I5 n el cielo, la luna: bajo el cielo, la torre. G. MARTÍNEZ SIERRA UlUiJOS IJE REGIDOR