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w. til abuelo materno N día, mientras comíamos, yo le pregunte a mi madre: -Mamá, ¿tú tienes el retrato de tu padre? Todos levantaron la cabeza y me miraron un poco sorprendidos. He de advertir que en mi sólo había un culto profundo, fervoroso, inquebrantable: el culto hacia mi abuelo paterno. Este abuelo había sido un poeta famoso; su retrato estaba en todas las salas de la casa; yo había oído recitar sus poesías desde los primeros días de mi niñez; continuamente se hablaba de él en las visitas; su memoria, sus versos, su efigie lovdominaba todo en la casa... Diríase que todos los antecesores de la familia estaban sojuzgados y dominados ¡por él; nadie se acordaba ¡para nada de los otros pobres abuelos. Y ahora 3 0, por capricho, sin. saber por qué, tal vez por decir algo, se me había ocun- ido preguntar á mi madre por el autor de sus días. ¿Cómo era este buen abuelo materno, de quien nadie se acordaba? ¿Qué había hecho en el mundo? ¿Qué gustos y qué ideales eran los suyos? Todos, cuando yo acabé de hacer mi pregunta, levantaron la vista de los platos. Yo insistí en mi curiosidad, y á los postres, mi madre se lévantó; ligera, salió del comedor y tornó al poco tiempo con una vieja fotografía en la mano. Era el retrato de mi abuelo paterno. Y era un señor vulgar, sin aspecto de nada, sentado cómodamente en una silla, junto á un soporte cuadrado en que había colocada una maceta. No tenía aspecto de nada, pero mirando detenidamente su faz, se observaba en ella, como rasgo saliente, dominador, unos labios duros, apretados, recios- -como esos que vemos en los retratos de Montesquieu, de Stendhal, de Baudelaire, -y que daban á la fisonomía un aire de impasibilidad, de sensualidad y de penetración... -Mamá- -dije j O después de mirarlo un momento: -mamá, ¿qué hacía el abuelo? -Nada- -dijosnii madre; -tu abuelo era rico y vivía en una casa grande; había viajado mucho en su juventud; luego se retiró al pueblo y no volvió á salir más. El decía que sus tres solos amores eran: el silencio, el agua y los árboles. Tú no sé si te acordarás de que en casa del abuelo había una buí na biblioteca; pero el abuelo no leía sino de tarde en tarde algunas páginas; la biblioteca permanecía cerrada; y cuando venía alguien á pedirle un libro, el abuelo lo llevaba al huerto de la casa, hacía traer unas copas y unas pastas, y allí, charlando y paseando entre los árboles, dejaba pasar el tiempo y hacía que el convecino se olvidase del libro... -Mamá- -he exclamado yo, ¿sabes que el abuelo era un gran artista? Todos han sonreído ligeramente; no tomaban en serio, como es natural, mis palabras. Pero yo he creído desde entonces que este abuelo materno, eclipsado por el esplendor del otro abuelo, indiferente á la posteridad, morando en una casa ancha con un huerto, amando el silencio, el agua y los árboles- -y no poniendo estos amores en renglones pequeños, -era el verdadero gran poeta puesto que vivía una cosa que el otro no viviera: la vida. AZORIN D I B U J O DE M É N D E Z BRI GA