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buena formó época, pues el susto sufrido por la buena mujer al verse frente á frente á un diablo que quería hablar con el señor cura, fué mayúsculo y no se le olvidó nunca. A consecuencia de tal pánico D. Mateo tardó algo en llegar con Santiso á la posada. Cuando entraron, salía el médico. Qué? -interrogó el cura. -Confiésela usted cuanto antes- -repuso el doctor arrebujándose en su capote. -De esta noche no pasa. -Pero ¿qué es lo que tiene? -preguntó Santiso. ¡Pchs... qué sé yo! -dijo el médico, -años, fatigas, hambres. Todo anda mal... No se puede hacer nada; -y dirigiéndose al cura concluyó mientras se iba: -Ande usted listo, porque perderá la cabeza en seguida. ¡Ay, señor! -gimió Serafina viendo al párroco j hablando a l a agonizante; -doña Beatriz, aquí está el señor cura del pueblo que viene á verla. M u y amable; que se acerque, que se acerque. Yo soy cristiana- -habló entonces la Malta con voz torpe. Una pesadez extraña parecía caer sobre ella, envolviéndola en un sudario de plomo. I,o s ojos se hundían en profundidades lejanas, y los labios se separaban con pausa, al tiempo que las inquietas manos atraían las sábanas, la colcha, con un movimiento continuo, dulce, monótono. Alarmado por aquellos síntomas D. Mateo, juzgó peligrosa toda dilación, interrogó sin alejar á los otros de manera rápida, clara, comprensiva. -Bien- -dijo; -es usted cristiana, ¿verdad? -Sí, sí; cristiana- -murmuró Beatriz; y para dar más fiíerza á su profesión de fe, empezó confusas oraciones. Padre nuestro... Dios te salve... Y- Espíritu santo. -Hija mía, atiéndame- -habló el párroco: ¿cree en Dios trino y uno, eü Jesucristo, nuestro Redentor, y en todos los misterios de nuestra santa fe? -Creo, creo- -masculló la moribunda confusamente. ¿Se arrepiente de cuantos pecados ha cometido? D. Mateo repitió: ¿Se arrepiente de todo? ¿Me oye? ¿Me entiende? La Malta pareció revivir algo y respondió: -Sí, sí, fui pecadora, amé. Lo siento, me duele haber pecado. -Luego la agonía la envolvió otra vez, la empujó hacia la negra sima misteriosa de la muerte. Entonces el cura, mientras el primer ronquido del estertor sonaba en el cuarto, trazó en el a i r e l a cruz absolutoria, y después, seguido de los hombres, fuese en busca de los Óleos, único auxilio que podía darse á la eníerma, pues sij inconsciencia la vedaba comulgar. Las dos cómicas se quedaron con la moribunda. Una angustiosa sensación de espera hacía enmudecer á las actrices, en tanto que Beatriz Malta, en su soñoliento agonizar, recitaba versos descabalados, hablaba con gentes desconocidas, muertas sin duda mucho tiempo atrás. Aquellos nombres que sonaban sin evocar ninguna figura, intrigaron á las cómicas. -Habla con los que la quisieron- -murmuró Anita, algo asustada. ¡Oh, Miguel, Juan, Luis, Tomás, Alfredo, amores míos! -pronunció la Malta con voz mimosa. ¡Cuánto os amo! ¡Pobrecilía! -dijo tristemente Serafina. ¿Dónde estarán? ¡Tal vez los vea en e, ste momento! ¿F u e r o n muchos? -preguntó Anita, no muy enterada de la historia de Beatriz. ¡Oh! -habló Serafina, alzando en lo alto una mano para expresar así la generosidad amatoria de la actriz. La otra iba á preguntarle de nuevo cuándo entró el cura, portador de los Óleos. Rápidamente D. Mateo acercóse á la cama. Serafina descubrió los pies de la moribunda y el sacerdote los ungió con una dedada untuosa que dejó un trazo luciente en las secas plantas. Al contacto, Beatriz habló con voz desfallecida: -Tu dulce boca besa mis pies... -Delira- -dijo Cerdeira, mientras D. Mateo untaba con el santo aceite las manos. La moribunda, al sentir el suave roce, extendió las palmas, estiró los dedos como si quisiera estrechar algo. ¡Oh, labios amantes! -murmuró. ¡Cómo adoráis mis manos! ¡Os las entrego! El cura abandonó el cuerpo; ungió ligeramente los oídos, que no escuchaban ya ruido alguno; los ojos, que no verían más; la nariz, cerrada á todo aroma. A cada contacto, la Malta hablaba quedamente con un balbuce: o tan dulce como un arrullo lejano, hasta que al tocar D. Mateo su boca reseca, por donde pasaba el gargoteo final, Beatriz susurró: ¡Dulce bien mío! ¡Oh, amor... amor! Y besando al aire, quedó muerta; mientras, en la calle, arrastrado por el viento bramador, pasaba el alegre campaneo de la Misa de Gallo. MAURICIO LÓPEZ ROBERTS DIBU. IOS P E REGIDOR u I A-