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irfií. 0 blOej 4 EBUENA E no estar tan en las últimas, nunca hubiese entrado Beatriz Malta en aquella compañía. Mas como la necesidad apremiaba y el invierno era terrible, la anciana actriz aceptó formar parte de la farándula que, bajo la dirección de Manuel Cerdeira, iba á recorrer los pueblos cerca, nos á Madrid, representando durante el mes de Diciembre Jíl Nacimiento del Mesías y la Degoliación cié los Inocentes. Por esto aceptótosa el trato con Serafina Riibio, primera dama; con Anita Manjón, que representaría el ángel anunciador; con Morales, Santiso y Gutiérrez, encargados respectivamente de los papeles de San José, el diablo y el bufón pastor Bato, que les tocaron en el reparto, en el cual Cerdeira reservó para sí el personaje de Herodes, para Serafina el de la Virgen, y para la infeliz Malta el de una pastora. Cerdeira y su compañía erraron por montes y valles con diirersa suerte. La víspera de Navidad les alcanzó en Piedraluenga, pueblo xle pastores, qtre aplicaba sobre la masa violeta de un monte las lineas grises y amazacotadas d e su bajo caserío. I os cómicos se alojaron en la posada, donde el hostelero les proporcionó acomodo y les ofreció una cuadra anchurosa que, una vez dividida por una tela, quedó pintiparada para teatro. Detrás del telón y con unas cuerdas, colgáronlos actores las dos únicas decoraciones que poseían, una de selva y otra de calle, y cuando y a estaban colocadas, fuéronse á vestir. Los hombres, menos presumidos que las mujeres, concluyeron antes. Cerdeira, disfrazado de Heredes, con túnica purpúrea y diadema de oro, colocóse á la puerta de la cuadra para recoger el dinero de las entradas, mientras Santiso, Gutiérrez y Morales se paseaban presurosos tras el telón con el fin de entrar en calor. Estaba y a la cuadra llena de gente, cuando Anita Manjón, con su traje de querirbín, apareció en el escenario en busca de Cerdeira. La ingenua parecía muy emocionada, y las alas implumes que colgaban de sus espaldas estremecíanse al andar rápido de la actriz. ¡Ay! -habló, -la pobre doña Beatriz se ha puesto muy malita. Le h a dado un síncope y está como tonta, sin decir cosa con sentido. Habla de la Matilde y de Arjona. ¡Canastos! -exclamó Santiso; ¡vaya una ocurrencia! Ponerse mala hoy, con tan buena entrada. -Será debilidad- -opinó Morales, apoyado en su florida vara; -con un vaso de vino se le pasa. -De todosmodos, avisemos á Cerdeira á ver qué hace- -gruñó Gutiérrez rascando su hirsuta peluca de pastor bobo. Lo que hizo Cerdeira fué gritar, mientras su regia diadema se tambaleaba: ¡Si esto es para echarlo todo á rodar! I a noche de más entrada... ¡Ira de Dios! ¿Sabéis cuánto hay en taquilla? -interrogó golpeando su túnica, tras la que sonaron monedas; -pues cuatro duros menos tres reales. Sí, señor; y todo habrá que devolveiio si esa no mejora. Moralestornó á recomendar su remedio. Discutiendo s ó b r e l a eficacia de aquel alcohólico tratamiento, llegaron todos al cuarto de las actrices. Beatriz estaba en la cama. Sus compañeras la habían desnudado, y el traje con que debió presentarse al ptiblico. mostraba, extendido sobre el lecho, la usura de su tejido, la marchitez negruzca de sus galones. Una peluca de estopa pendía de una bola de la cama, y la actriz sólo conservaba de sus galas teatrales unos chafarrinones que negreaban bajo los ojos medio cerrados y el violento carmín d e los labios. Su pecho se alzaba anheloso, y las manos se abandonaban sobre el lecho, sacudidas de vez en vez por un temblor largo, insistente, que las encogía contra el tronco. -Ksta mujer se nos muere, -dijo Cerdeira. -Pronto, tú, Cisneros, tráete un médico; tú, Santiso, vete á buscar al cura, -y siguió aminorando con el temblor de su voz la aparente crueldad de la frase. ¡Vaj a una ocurrencia, morirse en Nochebuena y con cuatro duros de entrada! Por cierto- -concluyó, -voy á devolverlos. Podíamos hacer El Nacimiento) pero no vamos á dejarla sola. ¿No os parece? En la vida monótona de Atilana, sirviente de D. Mateo, el párroco de Piedraluenga, aquella Noche-