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paralíticos, enfermos y defectuosos; masías santas, consecuentes con su predicación, dijeron que nada de curatearse, sino á prepararse todos para bien morir. Llegó la noche, con harto temor del vecindario. Los fenómenos celestes se repitieron como espantosas señales. Los devotos ejercicios duraron hasta la diez, y á esa hora, harto preocupados, se recogieron, unos para dormir, otros para continuar sus prácticas devotas y disciplinantes. Sabina y Crisíeta dunnieron; hay que consignarlo. Durmieron con ia conciencia libre del voto y con el deseo de confesar antes de la misa del alba. Lesha. bían dejado la alcoba matrimonial, con ventana á la calle, y el matrimonio con la prole se acomodó en el desván. Era la primera vez que ias r. ldeanas i ecibían tal fineza en aquella casa. Durmieron, digo, y j a al amanecer, según su cuenta, despertóse Sabina. Mucho he dormido y acaso hayan tocado ya á misa del alba -se dijo. -Y con santa prem, ra se echó de la cama abíijo y á tientas buscó la ventana, que abrió para calcular la hora. I o se sabe cuál sería su espanto y tribulación. Con voz trémula é insistente llamó á Ciisteta. Despertóse sobresaltada: -Hermana, ¿qué quieres? Que vengas, por amor de Dios! Aquí... ¿Xo tocas la ventana abierta? ¿Ves algo? ¡Dulcísimo nombre de mi buen Jesús! Ko veo sino obscuro. Y juntas, arrodillada. s ante la ventana, alzaron un clamor que se oyó al final del pueblo. -sEste es el día del Juicio; el Señor nos hunde; el mundo se acabó. Ni estrellas, ni cielo, ni luz, ni tirara. JN o se ve ya nada, estamos en el infierno. Señor, Señor, ten misericordia! ¡Santa Jlaría de la Cabeza, San Cines del MoHte, San Patricio de la Cueva Serena... ¿Qué lian nía es esa? -dijo á su mujer el amo de la casa. -Que se acaba el mundo, ¿no oyes? Ya llego eso. ¡Jesús, Jesiís! Con el leiror sobresalto de la madre cayó al suelo el mamón y empezó á dar alaridos. El buen la V. r. rador saltó de un brinco y al cmboc- ir la e c. i ira tropezó con dos cántaros que se rompieron, vertiendo el diluvio. Y oces, exclamaciones, conjuros... Los vecinos se alborotaron también, y de una en otra casa fué corriendo la noticia. Salieron á la calle, golpearon puertas; los unos pedían confesión, los otros pedian que se levantase el alcalde; nadie se entendía. Al fin, bajó como pudo el labrador, encendió un candil á puro soplo, y entró en el cuarto de las santas. ¡Por vida de los moros! Lo mismo qire me figuraba- -dijo al ver á Sabina y Cristeta arrodilladas delante de la alacena, que por ventana tomaron. ¡Qué habíais de ver estrellas ni jinojos! ¡Como no os vierais las narices... Abierta la ventana auténticaj entró la claridad del alba y todo acabó en paz como en las comedias. JOSÉ N O G A L E S DIBUJOS DE MÜXl. E lílUXGA