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W m: h í. t: 5 V 7 LA FIN DEL MUNDO CüRRió este interesante episodio mundial VL cierta villa de corto vecindario, de cortos posibles y de cortos alcances. Me guardaré bien de nombrarla, porque sé cómo las gastan luego estas villas de triple cortedad, en punto á suspicacia. Fué aquel terrible año de guerras, revoluciones, escándalos y calamidades, en que todas las cosas viejas salieron bailando fuera de quicio; el año en que aparecieron juntamente, para terror de propios y extraños, la estrella de rabo y la aurora boreal; extraño fenómeno éste en nuestras latitudes. Por el día cundían en la villa y su término las noticias más alarmantes sobre las guerras de fuera y las convulsiones de dentro; la Francia se hunde, la Prusia se inflama; España se tambalea como un ebrio... Caen imperios, se levantan dinast HS, unas naciones se desatan, otras se unen... y tiros, matanzas, pillaje, desolación: el caos. ¡Esta es la fin del mundo! -gritaban los viejos; -y para que nada faltase, por las noches la estrella de rabo y el resplandor de incendio que llenaba el horizonte venían á confirmar la espantosa profecía. También salieron otros dos astros á profetizar y á meter los corazones en un puño: un pastor y una cabrera que, abandonando el hato, se descarriaron predicando á la gente sencilla, y relatando visiones que punfualísimamente demostraban el próximo acabamiento de este planeta infeliz. Esas dos lúgubres figuras mandó el gobernador que se las llevasen conducidas por la guardia rural. El daño estaba j a hecho, sin que valiesen para atajarlo las exhortaciones del párroco, hombre de sentido común y más que medianamente ilustrado. En el supuesto de que la fin del mundo venía á más andar, se reconciliaron familias, se pagaron deudas, se cumplieron votos... A eso iban una mañana de aquellas dos mozas hermanas, montadas sobre la misma borrica, á llevar dos velas, en tiempo atrás ofrecidas, á Santa María de la Cabeza. Eran las mozas en extremo chatas, porque nacieron en Santa Marina. Y esto merece una breve explicación: la villa tiene tres aldeas; ea la una todos son sordos, en la otra todos son albinos, en la tercera todos son chatos. Según el parecer de un médico que fué allí á curarse, el fenómeno proviene de que no hay más que cuatro apellidos para las tres aldeas. I as dos gentiles mozas, Sabina y Cristeta, chatas hasta la perfección, iban á la villa animadas de un santo celo. Así es que apenas entraron por la primera calle, comenzaron á predecir y á plaguear en el mismo tono que el pa. stor y la cabrera, aunque con voz menos sonable y grave que aquéllos, que tenían muy completas y en su punto las narices. ¡L, a estrella de rabo es la espada, y la urora la llama del infierno, amén. Ya viene el día, ya viene la noche y nos cogerá con el pecado á cuestas. Arrepentios, pecadores; ninguno ha de quedar. Hemos visto en el campo á las ovejas y los corderitos, á los burros y muías retemblando y dejando de comer. Vosotros coméis, vosotros ofendéis á Dios, pero mañana iréis á dar cuenta de todo, amén! Con el vocear á dúo y alternativamente, se fué juntando concurso que las siguió hasta la casa del honrado vecino que las daba hospitalidad. Allí continuaron su perorata, 3 a convencidas de que hablaban por inspiración de lo alto. ¿Quiénes son? -preguntaban los que oían sin ver. -Son Sabina y Cristeta, las santas de Santa Marina, que van haciendo milagros. No hace falta más en pueblo como aquél y en ocasión como aquélla. Eniüezaron á venir tullidos y