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ANO XV MADRID 16 DICIEMBRE D E 1905 N U M 763 A CALLE DE LA MONTERA. Lector: existe un axioma en Madrid, cuj- o descubrimiento se debe al autor de estas líneas, y que dice de e s t a ma. nQTSi: Sí quieren encontrarte con alguien de tu pueblo pasa for la calle de la Montera. L a calle d e l a 1 Montera es, en efecto, una calle donde están á todas las horas del día todos los forasteros que llegan á Madrid; no podemos dudar de esto, y nosotros, que nos hemos comprado cuellos y puños, cuando éramos estudiantes, en esta calle tan simpática, tan pintoresca, la tenemos un vago, un íntimo cariño... Por ella vamos marchando, lentamente, en esos días de invierno en que el sol baña el alto declive. ¿En qué pensamos nosotrosPTal vez en nada; tal vez en esos días lejanos, que ya no volverán, en que n o s o t r o s en trabamos en una de estas camiserías llevando en la mano el Derecho Político, del Sr. Santamaría de Paredes, ó los Procedimientos judiciales- -no sé si Se dice así, -del Sr. Torres Aguilar, del cual ya sólo tenemos una remota idea. De pronto oímos á nuestras espaldas una voz recia que grita: ¡Azorín! Nos volvemos rápi daniente. ¡Es nuestro paisano D. Antonio, ó D. Fernando, ó I) Pascual, ó don Francisco, ó D. Diego! ¡D. Antonio! -exclamamos nosotros también. Y nos quedamos un momento en silencio, frente á frente, con las manos trabadas. Y un mundo de ideas y de cosas queridas surge en nuestro cerebro. Hace seis, ocho, diez años que no habíamos visto á este amado amigo nuestro. Don Antonio está más pálido que cuando estrechamos su mano la última vez; en su cabeza platean más copiosas las canas, y en su vestir- -tan atildado antes, con ese atildatniento peculiar que sólo se ve en provincias; -en su vestir hay una dejadez, un abandono, un descuido que nos llena de una íntima tristeza. ¿Qué dolores, qué angustias, qué adversidades han pasado por el espíritu de nuestro amigo? ¿A qué viene á Madrid? ¿Qué cambios no supondrá esta dejadez del indumento en aquella casa provinciana, tan limpia antaño, tan ordenada, tan abundosa? -D. Antonio- -nos atrevemos á preguntar nosotros: ¿vive usted aún en la Plaza, frente á la fuente? -Sí, sí, -contesta D. Antonio con un leve matiz de tristeza. ¿Y el huerto? -tornamos á preguntar tímidamente. ¿El huerto de la casa, aquel huerto on parrales, con limoneros y con cipreses? ¿Está lo mismo que antes? D. Antonio tarda un breve momento en cont e s t a r á nuestra pregunta- -Ya ha desaparecido, -dice al cabo; -abrieron una calle detrás. de la casa, y en el huerto edificaron más casas. Sentimos una angustia indefinible, íntima; en este huerto han pasado las hoi as más felices de nuestra adolescencia; allí, entre los limoneros, entre los cipreses, entre los laureles- -siempre verdes, -bajo los toldos de los pámpanos, paseábamos nosotros- con Pepita. Y la imagen de esta muchacha delicada, con su delantal blanco- -orlado d e u n a c e n e f i t a roja- -y con sus manos blancas y finas, brota también de pronto entre nuestros recuerdos. Permanecemos s i l e n ciosos: quisiéramos preguntar por Pepita, y pi esentimos, sin saber por qué, que algo doloroso y terrible va á salir de los labios de nuestro amigo. Durante un instante, en nuestro interior se hace una tragedia mil veces más. angustiosa que las desangre y asolamientos. Nuestro amigo nos contempla un poco indeciso. Y al fin pronunciamos unas palabras frivolas, nos despedimos de D. Antonio, de D. Fernando ó de D. Luis, y nos alejamos entristecidos, obsesionados, por esta calle, en donde, cuando éramos muchachos, entrábamos á coníprar cuellos y, puños, con el Derecho administrativo ó con oS Procedimientos judiciales. AZORIN