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-Si á todos hiciera caso, todos me dirían lo mismo. -Yo estoy fuerte; no me duele nada. -Ya te dolerá. Y vamos, para que veas patente mi complacencia, mi deseo de no disgustarte ea el último viaje que vas á emprender, voy á dejarte el derecho de elección. ¿De qué quieres morir? -Pero, Dios mío, ¿no hay otro remedio? -Ya lo ves: habla y elige. ¿De cuáles medios dispones para ese terrible viaje? La Muerte hurgó entre el ropaje pulverulento que la envolvía; con las sartas de huesos de su diestra sacó un rollo lustroso de pergamino, y después de encajarse unas antiparras con la siniestra, leyó; Cólera, fiebre amarilla, tifus, viruela, peste bubónica, tuberculosis, parálisis, difteria, pulmonía, etc. etc. Ya ves si hay donde escoger; no puedes quejarte: variedad enorme, y, como dicen vuestros comerciantes, novedades todos los días: la enfermedad def sueño, la electrólisis y otras muchas que vosotros mismos os buscáis y á las que luego dais nombre. El pobre viejo no respondía: miraba espantado á la horrenda y tranquila aparición, que á su vez, le contemplaba inmóvil, teniendo el pergamino entre sus descarnados huesos. ¿No te decides á escoger, hijo mío? -murmuró al fin. -No, aún no ine he decidido- -respondió el solterón; dame tiempo para pe- -Mira, lo más sencillo y lo más cómodo para este tiempo es la pulmonía. la pulmonía queda- ¡No! la pulmonía no; debe doler mucho: luego la fatiga, el ahogo... no, desechada. -Yo no quería mentarte la difteria porque parece ruás á propósito para edades que hace uiuclio tiempo pasaron para ti; pero... ¡La difteria tamiDoco! Es horrible esa eniermedad; yo he oído cosas espantosas de ella. ¿El cólera? -Esa es repugnante; no, esa menos. -La viruela... ¡Qué horror! Morir desfigurado de un modo tremendo... Decididamente, uo c uiero tampoco la viruela. -Pues mira, no quedan muchas de donde elegir y que puedan agradarte. ¡A 3- vieja inexorable, sólo con tus palabras vas á lograr tu propósito sin necesidad de que elija el medio! ¡Posible es que hayas urdido eso para destruirme! La Muerte nrovió burlonamente sus maxilares; hizo un signo negativo con el esqueleto de su mano y se acercó algo á la cama del paciente. -No, hijo, no; interpretas de modo maligno mi buena fe, mi deseo de serte menos desagradable. Pero ¡calla! ¡estás muy pálido! ¿á ver? sí, tu mano está fría... ¡Huye, condenada, no me toques, que me hielan tus huesos! -Sí, tus ojos me dicen que has elegido ya; la fiebre te invade... muerde en tu cerebro, mina tu corazón. ¡No, no; ni he e l e g i d o ni elijo! ¡vete! -Bueno, amigo mío, no incomodes; si no has elegic no tardarás en hacerlo. Ahí fuera esperaré para que lo hagas con entera libertad; no te impacientes, que hay tienrpo de sobra para todo. El pobre h o m b r e vio desaparecer á 1 a temida visión y mientras ésta se acurrucaba tras la cerrada puerta, aquél se palpaba las s i e n e s atormentado, p u l s á b a s e las muñecas tembloroso y se arropaba castañeteando los dientes de frío. ¡Ah, viejo marrullero! -pensaba la viejecilla- -no p e n s a b a s en elegir, peio ya has elegido. ¿Que no está en mi lista? Bien, ya lo sé. ¡Cuántos acaban igual! Tienen m. edo á todo lo que llevo conmigo, y en trueque no advierten que el verdadero e n e m i g o suyo e s t á en ellos: mueren de aprensión. ROBERTO DF DIBUJOS DE ESTEVAN PALACK