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ü, i Hi de la serenata gafana era ei mismísimo Vergeles, Je abrí la puerta y... ¿qué dirá usted que hizo? ¡Vaya usted á saber! ¡Alguna gatada! -Pues entró muy despacio, y sin perder su posición cuadrúpeda continuó sus 77i (ms á mi alrededor, alternándolos con ese ruia rum peculiar de los felinos cuando están contentos y con mochaditas en mis faldas. ¿Y usted entonces se quedaría aterrada? ¿Yo? ¡No me conoce usted! Yo le insulté, le maltraté, le puse verde, y entonces mí marido recobró su postura bípeda, y á gritos, denuestos y puñadas armamos tal tremolina, que hasta la Giralda debió conmoverse. ¡Qué atrocidad, doña Blasa! ¿Y siguió Vergeles haciendo de morrongo? ¡Que si siguió... En las sucesivas pítimas nocturnas se repitió la misrxia función con idénticos escándalos, que siempre paraban en daño de mi anatomía, y harta ya de ellos tomé el partido de llevar la corriente á mi hombre, única manera de dominar su terquedad; y asi al ruvi rum cariñoso y al marramiau lastimero púsele el contrapunto de unas cuantas caricias y otros tantos bisbises como si fuese un minino de veras, con lo cual aquel borrachón, crej éndose el marido de Zapaquilda la bella, se daba por satisfecho, y enarcando el lomo y dando saltitos se metía en la cama á dormir la mona sin armar disputas ni molestar á nadie. ¡Aj- hija! ¡No sé cómo tuvo usted paciencia! ¡Yo en su lug ar... -Pues ¿3 1 capítulo délos celos? -interrumpió la Cottini. -Co uo yo, aunque me esté naal el decirlo, por aquel entonces tenía muy buen ver, recibía chicoleos y proposiciones á cada momento, amén de los abrazos del tenor ó del barítono cuando la ópera exigía estas muestras de efusivo cariño, y ni que decir tiene que á la menor sospecha de Vergeles, por si Fulano te dio una carta, por si Zutano te hizo un guiño malévolo, por si patatín, por si patatán, se encendía la pelotera hache en mi propio cameri 7io, con el término natural de ponernos en la calle el empresario. ¡Pero, señora! ¡Su marido de usted era Orlando el furioso! -Bse señor Orlando se quedaba en los propios pañales junto á Vergeles. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA ¿Y con tanto disgusto no se separó usted de él? -No, señora, porque en el fondo me quería, y salvo las borracheras, lo de los celos era exceso de cariño y de mucho miramiento por su decoro; pero me resolví á dejar las tablas cuando el disgusto de Logroño, ¿j o lo conoce usted? -No lo conozco. -Pues es raro, porque fué más sonado... Ve á usted: desde el comienzo de mi última excursión artística ya andaba Vergeles inquieto y escamado con Prascatelli, hombre ya maduro que suspiraba el Spirto getitil como ángel del séptimo cielo. Por su causa tuvimos varias trifulcas, y así dimos en Logroño, donde la primera noche cantamos el Ilernani, y al llegar al punto aquel en que Elvira- -una servidora- -y su novio se dicen mil ternuras junto á las candilejas, á Vergeles, que se hallaba en la concha apuntándonos letra y canto, se le antoja que el tenor se excedía en el achuchón, se le sube el humor á la cabeza y va y coge de un pie á Prascatelli, tira de él con fuerza hercúlea, y el desdichado rival de Carlos V desaparece de la escena como por escotillón ante el asombro del público, que promueve una gritería espantosa de silbidos y carcajadas, mientras mi m a n d o le propina al mísero Prascatelli dentro de la covacha la felpa núnrero uno. Del vapuleo quedó Hernani magullado y nosotros despedidos, con más una buena multa que nos partió por el eje. Desde entonces renuncié al teatro. ¿Y en qué paró Vergeles? ¡Pobre Vergeles! -contestó la Cottini haciendo pucheros. -A los pocos años se me murió. Quise reanudar mi carrera, viéndome sola y sin una mota, pero ¡a hija! mi voz ya no era aquella voz que llamaban de oro fino mis entusiastas, y mis prendas corpóreas habían dado un inmenso bajón... Gracias que ese pimpollo de niña que Vergeles me dejó las ha heredado todas, y de ella e. spero que me saque á flote... -Si no estuviese en el mundo Pepita Ríos para quitar moños á Luisa Vergeles- -pensó doña Blasa para su sayo, al mismo tiempo que las dos estrellas del género chico entraban en el cuarto á desnudarse los trajes, la una de crisantemo cimbreante y la otra de nenúfar sensible, con que han hecho las delicias del público madrileño en el célebre d ú o de Los Treanposos. E. GUTIÉRREZ GAMERO