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INTIMIDADES AUEE. ON á escena precipitadamente Pepita Ríos y Luisa Vergeles, que se vestían Ti) en el mismo cuarto, y se quedaron solas sus respectivas madres. La de Pepita era nueva en el oficio y hallábase en el teatro como gallina en corral ajeno. Reveses de fortuna dejáronla por puertas, y no hubo más remedio que poner á contribución las facultades lírico- dramáticas de la niña, la cual, aunque desafinaba bastante y nunca entraba á tiempo, eu cambio tenía buen palmito y mucho desparpajo. La de Luisa había nacido entre bastidores, como quien dice, y allá por el segundo tercio del pasado siglo ejerció de tiple más ó menos ligera, h a c i e n d o de A m i n a ó de Norma al coni- s pás de las aficiones del público y las exigencias del empresario que la contrataba. S u padre fué caricato en los tiempos de Ronconi; su madre, maest r a de b a i l e francés, compañera de la Fuoco, y uno de sus a b u e l o s discípulo del célebre tenor García. Los m a l d i cientes de profesión, envidiosos de su fama, afirmaban q u e Corina Cottini, Nicanora G o n zález de su verdadero nombre, sólo pudo figurar conro diva en l o s teatros d e segundo y tercer orden, y si una v e z t u v o puesto en el cartel del Real, lo debió á sus condiciones plásticas y natural gracejo para ganar amigos, pero q u e j a más logró que sus gorgoritos llenasen los espacios del regio coliseo. -Vamos, señora, que no tiene usted perdón de Dios. ¡Mire usted que haberse retirado del teatro en la flor de su vida! Porque por ahí cuentan que lo abandonó usted cuando aún le quedaban por recoger gloria y dinero, -decía á la Cottini doña Blasa, la madre de la gentil Pepita Ríos, mientras ésta y su compañera cantaban el popular dúo de Los Tramposos. mundo. Se sabía de memoria todas las partituras, y estando él en la concha ya podía un artista ir segurito. ¡Una noche le marró á Tamberlik el do de pecho en Matre infelice, y Vergeles lo dio desde su sitio, de suerte que el gran tenor no tuvo más que abrir la boca, y el público le aplaudió á rabiar! ¡Así le pagaban tan buen sueldo! ¿Y con esa ganga... ¿Ganga dijiste? La fiera corrupia, señora. -No comprendo. -Verá usted, doña Blasa. Me enamoré de Vergeles por su garbo y sus lagoterías, y nos casamos. ¡Nunca tal hiciera! Durante la luna de miel me ocultó su afición al zumo de uvas, pero en -Pues la culpa fué de Vergeles. Créame usted, doña Blasa- -repuso la Cottini. ¿Vergeles? -Sí. Mi marido. Aquel hombre que me hizo el pan amargo y la vida triste. Pablo Vergeles, conocido en todo el orbe cantante. ¿Era malo, jugador, mocero? -volvió á interrogar doña Blasa. -Calle usted, señora. Peor que todo eso. Era celoso, y además se perecía por el alcohol vínico. ¿y sin oficio ni beneficio? -No, señora. En cuanto á eso, Vergeles fué el mejor apuntador de ópera italiana que hubo en el cuanto fué tomando confianza... ¡el acabóse! Terminada la correría artística, á poco de nuestra infausta boda, fijamos residencia en Sevilla, la patria de Vergeles, y allí empezaron los jaleos. Con el pretexto de ver á sus amigotes, no bien acababa de cenar tomaba el portante, y yo espera que te espera á mi maridito hasta las mil de la madrugada que venía... ¡Válgame el Señor, cómo venía! ¿Peneque? -Penequísimo, señora; y con la más extraña rareza que el mosto pudo inspirar. ¿Quizás bromista y rijoso? ¡Quiá... ¡Vamos, si sólo de acordarme... Pues cuando tomaba la gran curda y daba la vuelta al domicilio conyugal, un poco antes de llegar á él poníase mi hombre en cuatro pies, y al tocar en la puerta daba unos mayidos tan propios y lastimeros, que todas las gatas de la vecindad le hacían coro de puro contentas y emocionadas. ¿De veras, doña Nicanora? -Lo que usted oye, doña Blasa. La primera vez que esto ocurrió me fui á la reja, armada de un gran jarro de agua fresca para calmar los ardores de aquel Micifuf inoportuno; pero al notar que 1