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rápidamente se acercó al comedor... Pero había en sus pasos algo que apercibió al perro, el cual cautamente se deslizó con ligereza del sofá y huyó antes de que sobre él cayera el palo justiciero. Corrió por el pasillo, y persiguiéndole, la irritadísima señora. Al llegar frente á la puerta sonó la campanilla. Abrió. Era D. Fausto. Como de costumbre, entró éste rebuscando en sus bolsillos el terrón de azúcar para el perro. El Keeper, creyéndose seguro, volvió grupas, y aullando de alegría saltó sobre su amo, olfateándole, pidiendo la golosina... I a vengativa rnujer aprovechó la ocasión y ¡zas! descargó el golpe. Lanzó el perro un grito lastimero y escapó renqueando. Don Fausto, ante la brusca y traidora acometida, sólo acertó á decir quejoso: ¡Mujer, cuando me estaba haciendo fiestas... -Pero Guedita no le oyó. Tenaz perseguía al perro, que se escondió bajo el sofá. I o sacó de allí, arrastrándole brutalmente de una pata. El Keeper, lleno de susto, lanzaba estridentes quejas. El palo empezó á subir y á bajar continuado, sin lástima. El viejo, pálido, contemplaba el castigo. Los aullidos dolorosos del perro le llegaban al alma. Y la mujer seguía, seguía pegando loca, vengando los agravios repetidos... Gemía el perro con congoja... Don Fausto se tornaba rojo... AI fin no pudo contenerse y se echó sobre ella, arrebatándola el palo. Se miraron un momento frente á frente, vibrantes los ojos de rencor... El Keeper se había ido á ocultar bajo la mecedora y se lamía el cuei po herido... La habitación se llenaba de sombra... Las campanas de San Marcos tocaron á oraciones... Empezó una guerra familiar incruenta y terrible. Don Fausto veía de continuo la cara fosca de su mujer, su boca muda, contraída por un rictus desdeñoso. Por las mañanas, en lo más grato de su sueño, las puertas batían ruidosas y la voz de Guedita se elevaba sin cesar, áspera y fuerte, regañando á. la criada. En la mesa no volvieron á aparecer los platos de su gusto, las golosinas caseras con las que desde hacía cuarenta años se regalaba. Sus papeles estaban siempre revueltos. El periódico desaparecía antes de que él lo leyese... Era la molestia continua, la lluvia menuda que no obliga á abrir el paraguas y cala hasta los huesos. Don P austo, soñoliento, hambriento, disgustado, acentuaba por orgullo sus caricias al Keeper, peroen el fondo sentía alguna irritación contra él. En realidad, no le faltaba razón á Guedita. ¿Por qué había de ensañarse aquel maldito peri o con las pobres plantas? Y que la paliza no le sirvió de escarmiento. Trasidel piramidal vino un geranio, y luego una hortensia. Guedita callaba. Pero una mañana, al volver D. Fausto, se encontró s i n e l perro. Lo había perdido la criada. FVrioso, salió en su busca, y á la hora de comer tornó aspeado y solo. Se sentó á la mesa gTuñendo. P rente á él, la cara de Guedita sonreíale plácida. Y con asombro vio D. Fausto reaparecer las croquetas de blandura amable. á sus encías, el flan suavísimo y aromado, el café, la cepita... La glotonería reemplazó á la p e n a y le anegó en sopor beatífico. Los ojos se le cerraban. Ningún ruido indiscreto turbó su siesta. ...Claro es que no pareció el Keeper. Pero D. Fausto rindióle un postrero y enérgico tributo. La criada fué despedida. RAFAEL L E Y D A DIBUJOS DE REGIUOR ñ- i j J As. V- í rt r- V