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KiEíE JPii r? tTjVABAN cuarenta años de matrimonio. Se casaron nuiyjóvencs, muj enamorados y no tuvieron hijos, y su vida discurrió monótona y feliz, sin más perfume que el del eski pliego con que en invierno saliuma -i iDan las cerradas habitaciones. Poco apoco fuéronsequedando solos, al morir de parientes y amigos, como esos mojones que en las colinas desmontadas sirven para marcar la KT primitiva altura. Y su existencia se orientó pornuevos caminos. lín el corazóM de D. Fausto, el esposo, brotó un insólito amor hacia los anikj males, que v i n o á resumirse y ií- como áquintaesenciarse en Keeper, un o, ferrar blanco, gordo y lucido que andaba con cierta prosopo peya senatorial. Mientras, en Guedita la constante afición á las ñores se trocó en frenética pasión por las plantas. Tenía muchas, que llenaban los ücones. Y apenas levantada, corría á nirarlas, á cuidarlas, á complacerse regalolamente en su verdor. Pasábase el día cam. as de tiesto, regándolas, rociando sus hojas usión de tabaco para librarlas del piojillo, tardecer de los otoños para; que no las maínvirtiendo las habitaciones en estufa enanque vivía en la calle de San Leonardo, tan j M j csuecua y mal siLuaaa, cjue jamás acierta á- -pasar por ella una rá faga de aire puro. Su casa estaba al Norte. Y en el piso bajo una i Uería, imponiendo á la vecindad la servidumbre de sus vahos ftau: -eabundos, consolidaba el desastre; por lo que, á pesar de los cuidados amorosos de Guedita, las plantas que venían lozanas de los jardines, pronto tornábanse mustias y acababan por secarse, tras de arrastrar una corta y miserable existencia. Todo e, sto lo hubiese llevado con tranquilidad la anciana, como debido á una fuerza superior é incontrarrestable. Pero lo que no podía sufrir era el estrago que en sus tiestos causaba el Keeper. Ta manía que su esposo tenía de atracarle y las golo. sinas que de continuo le daba, producíanle angustiosos empachos. Y con fino instinto, para librarse de la molestia, acudía al jardín de su ama. En vano era que Guedita le sembrase cebada, el mejor laxante, según la señora. Keejier despreciaba la gramínea para acudir á los claveles, á las nicaraguas, á las begonias, á todo lo que en más estima tenía ella. Y aunque sin cesar celaba al perro, é. ste, atento al menor descuido, hallaba el medio de cometer algú. n desaguisado. Tan sólo respetó siempre la ruda. Y contra tal enemigo estrellábase la buena señora por el afecto entrañable y como paternal que su marido sentía hacia él. A cada noticia de un destrozo, D. Fausto se reía, tomándolo á gorja. Y mientras la mujer se iba, gruñendo y deseando el exterminio de la raza canina. I) Fausto dejaba pasar lentas las horas, meciéndose, la mano cariciosa sobre el blanco lomo del perro, á su vera echado en un sofá, sosteniendo iuterminablcs monólogos que al chiflado viejo te le antojaban diálogos. V é. M Regalaron á Guedita um esqueje de piramidal, que desde el punto en que lo plantó fué su entu. siasmo y su embeleso. Esta planta, ó menos delicada ó más agradecida que las otras, crecía y se iba convirtiendo en arbusto gallardo, con promesa de estivales flores. Y la señora pensaba despierta y durmiendo, soñaba con el efecto que para entonces causaría en la vecindad y entre los numerosos fieles de la fronteriza iglesia de San Marcos. Acaso desde que se fruístraron sus esperanzas de maternidad no tuvo ilusión mayor. Pero no contaba con Keeper, que una tarde, anheloso de un medio terapéutico eficaz para las dolencias ocasionadas por su glotonería, penetró en el gabinete y con gozo vio el balcón abierte. Desde el primer instante le atrajo aqrrella planta que se erguía pomposa sobre sus mezquinas compañeras. ¡Con qué deliquio de gounnet alargó el hocico negruzco para triscar las soberbias hojas! Fué luego un vértigo de mordiscos, de refregones, hasta que el orgulloso arbusto, herido, tronchado, vino á tierra. Plácida y tranquilamente, ondulando su cuerpo rechoncho, salió Keeper de la halsitación y fué á tumbarse en el sofá. Como su amo no estaba, hubo de dormirse sin sentir sobre fsu lomo la mano cariciosa. Visitas, quehaceres domésticos impidieron á la señora enterarse en toda la tarde de su desgracia. Al pasar por el comedor miraba al perro durmiendo en paz, y no recolaba. Mas cuando al anochecido, temiendo el relente, se acercó al balcón y vio el amado arbusto por tierra, sin dudar un momento d e que fuera el, el enemigo... llena de una rabia fría, con sabor de hieles en la boca, fué por un palo, y