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Condena y mmk k un romanticismo lie piensas: Cuando la preguntaban ¿en qué piensas? 1 pobre Julia, se sobresaltaba, se ruborizaba, bruscanicUte inclinaba hacia atrás la cabeza, y sin que ella lo pudiese impedir, las pestañas- ¡lindas pestañas negras! -aleteaban sobre las inquietas pupilas. Meterse en una máquina de ensueño para correr aventuras fantásticas, volar delante de todos y perderse por los espacios imaginarios, era motivo de vergüenza y de confusión. -Ahora ciue no estoy sola, yo no debería pensar en nada. Ni mamá, ni mi hermana, ni mi novio pueden creer que piens. o en ellos cuando me preguntan en qué pienso. -Esta era la causa de su rubor, y además Julia temía más de una vez, viendo la sonrisa de la mamá, del novio y de la hermanita, que la tuviesen por chiflada. -Julia, hija mía- declaraba la madre, -eres como la tía Polonia, que nos tuvo toda su vida con el alma en un hilo y se quedó bizca de mirar á las musarañas. -Julia- -decía la hermanita, -cuando te embobas me parece que te vas de viaje. Dime á dónde pomos escribirte. Y el novio alarmado, intranquilo, desorientado, la preguntaba también: ¿En qué piensas? ¿Te acuerdas de algo? ¿Quieres algo? ¿Te falta alguna cosa? Debe de haber uii rincón, una estrella ó un limbo donde van á encontrarse los espíritus emigrantes. Las viejas que hacen calceta sentadas en el poyo de su casa, las mocitas que, aguardan á que se llene el cántaro 3 no oyen el glu- glu del agua que rebosa ni miran las burbujas de cristal escalando hasta el caño de la fuente; las niñas- madres que cuidan de los hermanos más chicos y á veces abandonan la tropa infantil y se quedan mirando al cielo con la boca abierta; las víctimas de los hogares atormentados, donde entra la violencia y también la tragedia, víctimas siempre azoradas que antes de huir del mundo ellas mismas dejan que huyan sus ojos y sus pensamientos; las ilusas, las esperanzadas, las melancólicas de amor... turba inconsistente, cuyos cuerpos están esparcidos á lo largo de las calles y de los caminos, y cuyas almas flotan en el mismo rayo del Ideal. A este crepúsculo de las musarañas, eterno crepúsculo sin noche ni día, estaba asomada Julia, lo mismo que su tía Polonia, cuando la mamá, la hermanita ó el novio la preguntaban: ¿en qué piensas? Una casa no se arregla ella sola. Si Julia sueña no lucen los suelos, ni están libres de polvo las maderas, n i resplandecen los dorados. ¿Cómo iría la hermanita, si Julia se quedase encantada en ese palacio de los cien mil durmientes? ¡Pobres ropas, pobres vestiditos, trazados y cosidos por sus propias manos; pobres sombreros denietamorfosis, hechos con plumas de la paloma de Noé ó con terciopelo de un sombrero de copa de papá! Y el arreglo de casa, y la compra, y las cuentas, y todas estas menudas realidades de la vida, ¿cómo podrían resolverse con método y con orden, si Julia dejase de. una vez las riendas y tendiese sus dedos picados de la aguja hacia esa región fantástica poblada de mariposas de ensueño? La mamá no persigue por los campos del Ideal mariposas de ensueño. Está sentada en su sillón, de día junto á la ventana, de noche junto al brasero; ni se mueve ni tiene la locura de resolver conflictos. Pasan los meses y los años sobre su cabeza blanca; piensa lo mismo hoy que ayer: que el mundo es malo, que las ilusiones pierden á la mujer, que ante todo hay que estar