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rada ó una reliquia milagrosa; el dolor había decolorado todos los rostros, el llanto había surcado todas las mejillas, la angustia había oprimido todos los corazones, y del alma de aquel pueblo, enamorado de su Príncipe, brotaba de continuo una súplica, un clamor, un deseo ardiente, una aspiración unánime, la vida de Su Alteza. Y Dios oyó aquella plegaria, hija de tantos corazones purificados por el amor. Y llamó á un ángel y le dijo: -Baja á la tierra. Ve al príncipe Francisco y diíe que elija él mismo entre vivir ó morir: lo que él quiera será. III En el suntuoso lecho, doselado de damasco rojo y cubierto de holandas y encajes, agonizaba el Principe. Su cabeza, semejante á la de un Cristo marfileño, nimbada por sus revueltos rizos rubios, descansaba sobre la almohada, exangüe, cerrados los azules ojos que parecían agrandados por la pincelada obscura de las ojeras. Sus manos, pálidas y descarnadas, reposaban cruzadas sobre su pecho, como ensayando la hierática postura del reposo eterno. En torno, los reyes lloraban en silencio; los cortesanos, por primera vez en su vida, no fingían el dolor como copia servil, sino que lo acallaban en el fondo de sus corazones, rebosantes de amargura; los doctores consultábanse á media voz en un rincón de la estancia sobre cuál sería el remedio heroico capaz de volver la perdida energía á aquél organismo; los sacerdotes rezaban, también con misterioso cuchicheo, inacabable serie de oraciones que ascendían al cielo como oloroso incienso qiiemado en las ascuas de millones de corazones inflamados por el amor. De pronto, el príncipe Francisco abrió los ojos. Visible sólo para él, vio ante sí un ángel de sobrehumana belleza que, con voz que llegaba antes á su alma que á sus oídos, dijo así: -Francisco: han llegado ha. sta Dios las lágrimas de tu pueblo. Le piden tu salud, tu vida. El Señor, siempre misericordioso, pero siempre justo, ha decidido dejar en tus manos la respuesta. Delante de ti están la vida y la muerte, pero Dios me prohibe que por su nombre te las designe. Adivina y escoge. Y entonces vio P rancisco que, á uno y otro lado del ángel, había dos mujeres de extraordinaria belleza. Una era morena, de ojos negros, profundos y soñadores; en su boca había sonrisas; en sus ojos lágrimas; sus cabellos eran negros, pero brillaban entre ellos algunas hebras de finísima plata; á veces parecía erguida y arrogante con el vigor y la lozanía de la juventud, á veces débil y cansada con la fatiga y el decaimiento de la vejez. Vestía rica estofa de roja seda recamada de oro, pero la espléndida vestidura aparecía desgarrada á trechos, ora por las zarzas del camino que tal vez recorriera la hermosa matrona, ora por sus mismas manos crispadas por el dolor; á su cuello se ceñía un collar de ricas piedras, en el que destellaban las esmeraldas como gotas de bilis; los rubíes, como gotas de sangre; las perlas, como gotas de llanto, y los brillantes, como gotas de luz. Un ramo dé i osas prendíase en su pecho, ocultando entre sus verdes hojas las espinas de sus tallos. La otra aparición era rubia y había un no sé qué de celeste y sobrehumano en toda su figura. Sus ojos eran azules y tan insondables, que parecían guardar en su fondo el infinito. Dulce expresión de serena grandeza y perdurable calma había en todo su ser. Vestía la blanca túnica, tan sin mancha, como si después de cubrirse con ella hubiéranla guardado en caja almohadillada de sedas y cubierta de terciopelos. Sobre su blanco traje parecía que pasaban de cuando en cuando ráfagas de sombra. Suave perfume de incienso la envolvía. iSío lucía joyas en su garganta ni flores en su seno: de negro cordón de seda pendía una cruz de su cuello solamente. Así como su compañera despertaba la inquietud, la zozobra, el desasosiego, ella invitaba al reposo, al descanso, al éxtasis. Contemplábalas atónito el Príncipe, cuando habló de nuevo el ángel: -Ya te ves, Francisco, entre la vida y la muerte. Das dos intentarán prodigarte sus caricias. Aquélla á quien otorgues tu beso de amor, decidirá tu suerte. Acercóse la primera al Príncipe la mujer morena. Inclinó su hermoso rostro hasta sentir Francisco en el suyo el ardoroso aliento de aquella boca, palpitante de deseo; vio que se clavaban en los suyos dos ojos negros como la tormenta y brilladores como el relámpago, y sintió tal angustia, tal terror, tan hondo espanto, que esquivó la mirada y el beso, como si huyese de su más implacable enemiga. Adelantóse entonces la otra mujer, inclinóse sobre PVancisco, bañándolo en la celeste luz de sus azules ojos, embriagándole con el perfume de flores marchitas que de su traje se desprendía, sumiéndole en una dulce quietud que le parecía al principio de la dicha inalterable ambicionada; y el sabio Príncipe, que deseaba la felicidad, la ofreció sonriente sus labios casi fríos, sobre los que puso la aparición un beso largo, largo... IV Clamor inmenso resonó, primero en la cámara, luego en el palacio, después en la ciudad, más tarde en todo el reino, como gemido de angustia inenarrable. ¡El príncipe Francisco había muerto! LEMA: N A T E D E C A D U CtlBUJO D E E VÁRELA (jN ÚMErao ÍQ D E N H E S T R O ONCU. K. SO D E C U E N T O S F A N T Á S T I C O S)