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N ningún cuento de hadas ha aparecido como héroe un Príncipe, no que supere, sino que se asemejara siquiera al príncipe Francisco. No consta en viejos cronicones si en el instante feliz de su nacimiento se dieron ó no cita las hadas para hacerle cada una su rico presente de belleza, valor, sabiduría, virtud y felicidad; pero sí es cierto que de los efectos se inducen las causas, ó no hay lógica en el mundo, ó hay que asegurar que no faltó ninguna al fausto acontecimiento. De la varonil belleza del Príncipe no puede trazarse retrato impecable. Pero si en el reino feliz que le tenía por heredero del trono se hubiera abierto un plebiscito entre el sexo femenino para votar al más hermoso y al más amado, por unanimidad saliera elegido el príncipe Francisco. Las damas de la corte, cuando le veían pasar y se inclinaban ante él con la más estudiada y coqueta de las reverencias, pensaban en que el rey Sol no hubiera sido junto á Su Alteza sino un obscuro satélite; las artistas del reino, cuando copiaban en el Museo los maravillosos retratos en que los más célebres pintores de la época habían inmortalizado la figura del Príncipe, soñaban en que el Apolo de Fidias no era sino esbozo grosero y torpe de aquella acabada estatua humana; las monjitas, que consumían su vida de flores de estufa tras la doble reja del coro ó del locutorio, se lo imaginaban como la viviente efigie del hijo de Pedro Moriconi cuando capitaneaba la alegre turba de los mozos de Asís, antes de desposarse con su idolatrada compañera la Pobreza; las muchachas del pueblo, al asomarse á las puertas de sus casas, atraídas por el sonido de las herraduras del corcel en que cabalgaba Francisco, con tal maestría que parecían haber sido sus adiestradores Quirón ó New, forjaban en su mente la eterna fábula del Príncipe enamorado de la mísera aldeana, que recibía como premio á su belleza el don de la áurea corona, y todas las mujeres del reino, en suma, guardaban en el más escondido rincón de su pecho, como imagen adorada, el recuerdo del más hermoso y más amado de los príncipes. Del valor de Francisco ¡cosa rara! hacíanse lenguas todos los vasallos de su padre, sin que en aquellas alabanzas j ditirambos asomase jamás la pálida testa de la envidia, ni aun cuando los que cantaban tales himnos fueran los que presumían de valientes y esforzados; todos reconocían como al más digno de ocupar el primer puesto al arrojado Principe. Y con harta justicia. ¿Quién sino él había vencido en singular combate á aquel gigantazo, dominador tiránico del reino vecino y depredador incansable de aldeas, villas y ciudades, en las que aparecía como asolador azote, con el saqueo y la peste por servidores y compañeros? ¿Quién sino él sostuvo, aurora tras aurora, sin que la fatiga empalideciera su rostro ni abatiera su brazo, el célebre torneo en que caballeros de todo el orbe cayeron vencidos á sus pies y reconocieron, unánimes y maltrechos, la pujanza incontrastable del invencible mantenedor? Quién sino él libró á su pueblo del sangriento tributo á que desde fabulosos tiempos le tenía sometido el espantable dragón que todos los años reclamaba á la más hermosa délas doncellas, dando la muerte al monstruo, sin que encogieran su ánimo ni sus rugidos, semejantes al resonar de cien tempestades, ni las llamaradas que despedían sus ojos, lucientes como el fuego de cien hogueras? Narrar aquí circunstanciadamente el saber del Príncipe, tampoco es empresa fácil ni hacedera. Desde el conocimiento de los astros y sus inmutables leyes, hasta el de las reglas del trovar, no había rama de la ciencia ni del arte humano en que Francisco no fuese maestro. Hablaba de Filosofía con la au stera sencillez de Sócrates; de Astrología y Alquimia, con la sibílica elocuencia de Hermes Trimegisto; de Ciencias naturales, con el dominio y la autoridad de Plinio; de Arte militar, con la pericia de Alejandro; de Oratoria, con el fuego y prestigio del Crisóstomo; de Poesía, con la divina inspiración del ciego de Chíos. Consultaban con él sus fórmulas los matemáticos; sus diagnósticos, los galenos; sus discursos, los académicos; sus estrofas, los trovadores, y para todos tenía el sabio Príncipe el discreto elogio en el acierto ó la suave censura del error, hecha con tales dejos de modestia y cortesía, que el advertido agradecía la crítica de sti alteza mucho más que el indocto aplauso del vulgo. ¿Y qué diré de sus virtudes? Ni hubo hasta entonces en su reino hombre más justo, ni voluntad más prudente, ni ánimo más esforzado, ni apetitos más templados que los de Francisco. Bendecíanle y teníanle por padre los pobres, á los que repartía, no sólo la limosna de dinero que les ayudaba á proveer al sustento del cuerpo, sino la de amor que de su corazón desbordante de caridad sobre ellos se derramaba, llevando á sus espíritus celestiales consuelos. Nadie vio jamás en los labios de Francisco las entrecortadas palabras que balbuce la ira; nadie contempló en su cabeza la desdeñosa rigidez con que la inmoviliza la soberbia; nadie adivinó en sus ojos la lúbrica chispa con que los ilumina infernalmente la lujuria; nadie observó en su andar la muelle dejadez que á sus abúlicos siervos imprime la pereza... El Príncipe justo llamábanle ya con glorioso mote sus vasallos. Mas ¡ay! el hermoso, el valiente, el sabio, el virtuoso, el feliz príncipe Francisco, á los veintitrés años, en ío más floreciente de su juventud y sin que le sirviera de protector amuleto c l a m o r de su pueblo, se moría. Ignorado mal había hecho de él su presa, y la vida del Principe era ya como débil lucecilla luchando con las iracundas ráfagas del huracán. 11 Cuanto puede imaginar el ánimo atribulado para demandar á Dios una gracia, todo se realizó en el reino para impetrar del cielo la salud de F rancisco. El humo del incienso culotaba los altares; el sonido de las campanas era un perpetuo diálogo de preces; de mañana, de tarde ó de noche, siempre encontrábanse por las calles de las ciudades procesiones de penitentes que llevaban una imagen vene- s i