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odio el bien que se intenta hacerle. Su instinto, en este particular muchas veces acertado, le dicta que es rarísimo el desinterés, y que la beneficencia se ejerce, por lo general, con algún fin útil al mismo bienhechor. Y á los bienhechores del todo altruistas, les desprecia en el fondo de su alma, porque la razón le grita: No serías tú tan inocente -El hombre- -opinó el profesor de Higiene- -es una cloaca y una sentina. Para guardar la salud, nuestra época adelantada no ha sabido discurrir cosa mejor que lo discurrido por nuestros abuelos: el aislamiento. Feliz el que puede, como nuestra encantadora Princesita, habitar lejos de toda infección y de todo contagio, respirando aire á torrentes embalsamado y puro, bebiendo agua de roca que conducen cañerías de cristal. Donde se reúne gente pobre, acecha el germen maléfico, el mortal bacilo, -El hombre- -opinó el profesor de Estética- -es la cosa más repulsiva que imaginarse puede, si le faltan condiciones para hermosear y robustecer su organismo desde la niñez. La educación griega era la única racional. La muchedumbre menesterosa causaría horror á la divina Princesa si á ella tuviese el mal gusto de aproximarse. Que se recree en el arte, en la belleza eterna, noble y pura de los cuadros y las estatuas, en la armonía de los instrumentos, en la cadencia de los versos que se enlazan y se huyen como parejas de diestros danzadores... Que no profane sus ojos posándolos en la ruindad y degradación de las formas, en la fealdad, en la desproporción, en la chusma. ¿Has oído? -advirtió el Rey á su hija, la cual, con los ojos bajos, las mano, oprimiendo el agitado seno, los labios cerrados, escuchaba la sentencia silenciosamente. Aquella misma noche, la anciana nodriza de la Princesita, al acercarse á su cama para arreglarle la ropa, advirtió que por las mejillas tersas de la virgen corrían lágrimas abundantes, un río de llanto. ¿Quién te ha hecho mal, niña? -preguntó la vejezuela cariñosamente. -Nadie... Nadie ha querido hacerme mal. -Pues tú lloras... Es la primera vez que te veo llorar así. -Es que esto -infinitamente triste, ama... -contestó la Princesita. -Y lloro por los malos, por los feos, por los sucios, por los que no tienen qué comer. Y sm reprimir las lágrimas, añadió: -También lloro por los sabios... Y todas las noches, ama, he de llorar así. No puedo hacer otra cosa; no me dejan asociarme de otro modo al dolor... Nadie puede impedirme que llore. Y la Princesita, en efecto, lloró sin tregua, ya apoyada en el barandal de su balcón cuando salía la luna, ya escondiendo el rostro en la almohada de encajes, ya arrodillada en su reclinatorio para la plegaria nocturna. Nadie pudo explicarse en la corte del Rey la enfermedad misteriosa que consumió en un año á la Princesita, demacrando su cuerpo y secando su sangre. Los sabios, consultados diariamente, amontonaron remedios sobré remedios, sin ningún fruto. La vida de la Princesita se fundió, se derritió en el hilo de sus lágrimas de amor ideal y de piedad suprema, y hoy enseñan en los reales jardines una fuente que dicen formada con ese llanto precioso. Los que beben de ella contraen la locura de hacer bien. EMILIA PARDO BAZAN DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA