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gado al electro- imaii. Fijándose, reparó en que el objeto era su propio alfiler de corbata, que era una monedita pequeña de oro con aguja del mismo metal. Paracelso Pérez comprendió que el hecho no era tina simple casualidad. Buscó algunos objetos de oro, monedas, sortijas, una cadena vieja... Apenas entró con ellos en el laboratorio, los objetos se le escaparon de las manos y quedaron adheridos al electro- imán, como suelen quedarlo á un imán cualquiera las limaduras de hierro. Al punto se hizo cargo de la importancia que tenía su hallazgo. Acababa de encontrar el imán del oro. No se desvaneció ni se deslumbre ante tan inesperada fortuna. Era Paracelso Pérez un hombre superior de veras. Aquella noche se acostó pronto: durmió tranquilo. Entre sueños, se le ocurrió el nombre de su invento: se llamaría el Criso- imán; pero pensándolo mejor, calculó que no se llamaría así ni de otra manera, puesto que él no pensaba darlo á conocer, sino aprovecharse de sus resultados; hacer todo el bien posible á la humanidad y no publicar su secreto hasta después de morir. Repitió cien veces los ensayos y pruebas y siempre obtuvo el mismo éxito. Construyó, por consiguiente, un pequeño aparato de bolsillo que muy disimuladamente iba adherido á su propia piel, pues la corriente electro- bioquimica no producía efecto ninguno si no pasaba por tejidos vivos ó en actividad. Al aplicarse por primera vez el aparato al costado por bajo del bolsillo del chaleco, sintió que el corazón le latía con fuerza. Había colocado diez monedas de oro en distintos lugares del laboratorio. Obedientes á la fuerza misteriosa, las diez monedas volaron con tan extremada rapidez, que Paracelso no vio á ninguna de ellas cruzar el aire. No obstante, sintió los diez golpes que dieron contra el chaleco de lana; las palpó dentro de su bolsillo adheridas al electro- iman. Allí se estuvieron hasta que cortó la corriente y pudo separarlas. Entonces Paracelso Pérez comprendió la elevadísima misión social que le tocaba realizar én el mundo: la nivelación de las clases, nada menos, por un sistema en que antes que Krapotkine y los comunistas, habían pensado José María y Diego Corrientes, el bandido generoso. Era necesario y factible aligerar de su oro superfino á los ricos egoístas y satisfacer con él las necesidades de los pobres. Para ello era preciso viajar mucho, tener mucho ingenio y tomar todo género de precauciones. Por fortuna, Paracelso era hombre de gran serenidad y de muchas agallas. Hizo su primer ensayo en un teatro. Al terminar la función se colocó en A foyer, aguardó á que salieran las señoras adornadas pon magníficas preseas, produjo la corriente, y sin que nadie se explicara cómo, los aros de las pulseras y sortijas, las monturas de los pendientes, los broches y todas las partes de oro que había en las joyas desaparecieron como por encanto. Eas perlas, los brillantes, las esmeraldas, libres de sus opresores engarces, cayeron en los abrigos y rebotaron en el suelo; produjese un sobresalto y un tumulto general. Amontonábanse las señoras, y los caballeros se ponían de rodillas buscando por el suelo toda aquella riqueza, de tan inexplicable manera perdida ó á punto de perderse. Intervino la policía. Paracelso, aprovechando la confusión, había ganado la puerta; entraba en el laboratorio cargado de engarces, broches y baratijas, encendía el crisol y liquidaba el oro. No quedaba ni rastro de su hazaña; á la llama del crisol se había fundido toda aquella vanidad humana. Con prudencia y tino repitió Paracelso sus experimentos en Cajas de Sociedades usurarias, en bolsillos de banqueros y políticos expoliadores. Elegó á hacerse rico, millonario y salió de España. En Francia, en Inglaterra, en los Estados Unidos, realizó ganancias enormes; en cuanto sospechaba que se había notado alguna de sus pequeñas experiencia salía escapado para otro país. Eogró unos cuños de libras esterlinas y acuñó una cantidad enorme de dinero. Con esto pudo crearse una personalidad ficticia. Fijó, por fin, su residencia en Roma, donde se hizo pasar por un excéntrico multimillonario yanqui. Allí comenzó su obra de nivelación social, protegió espléndidamente á los desvalidos, ayudó á la obra de los emancipadores con sumas increíbles. La actividad que en aquellos años desplegara, le había fatigado. Buscó el reposo en el amor, ¡pobre sabio iluso! Una mujer italiana, que tenía dos ojos de acero como dos cuchillos, le descubrió el secreto y se lo reveló á su amante, que era periodista. Pronto se supo todo, se explicaron muchísimos hechos inexplicables; la policía intervino. Paracelso huyó: le persiguieron. Cansado de ver la ingratitud y brutalidad e los hombres y su peaueñez de miras, y fatigado de una persecución tan encarnizada Paracelso iró al mar. Eos periodistas descubrieron y vulgarizaron su secreto. Y sucedió que una vez descubierto y vulgarizado, y estando en posesión de todo el mundo, á nadie le sirvió para nada: todas las naciones dictaron leyes para perseguir y destruir los criso- imanes que se descubrieran, y el invento más prodigioso de la electro- bioquimia quedó reducido á un simple procedimiento de robar, ó á un arma prohibida como el rompecabezas inglés ó como nuestras navajas de lengua de vaca. J. j. 1 -1 VV. 11 il RE NUESTRO CONCURSO CUENTOS FANTÁSTICOS) T H 3