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-Yo no debí eiuiar aquí- -suspiró de pronto; -ésta es una guarida de intelectuales bohemios que ahogan en vino el tedium vita: para rimar después, como Byrou, neuróticas tristezas, morbosidades deprimentes; pero... ¡en vano busco mi inspiración de otros tiempos! La quietud olímpica de mi alma es fría, infecunda como la estepa. Mi superioridad me aisla de la vida, mi impasibilidad me petrifica: ya no sube á mi cerebro el valió terreno, sí, pero caliente, agitador de las sensaciones hondas que caldeaba y encarnaba mis ideas; pienso para los inmortales, no para los hombres; mis estrofas no vibran, no conmueven, no interesan á nadie... y, pero tampoco pienso para los inmortales, no alcanzo á sus alturas; el alfa y la omega de la vida continúan para mí velados en impenetrable misterio! ¡Ya no soy hombre, y nunca llegaré á dios! ¡Superhombre me llaman! ¡Oh sarcasmo! ¡Romperé mi pluma y moriré como el divino Nietzsche, loco, perdida la razón que quiso escalar lo infinito! El semblante del semidiós moderno expresó extremo dolor; pero aquella expresión duró lo que un relámpago: el dolor no podía alterar su tranquilidad augusta, y tornaba á su frialdad de mármol antiguo, cuando el grupo que le circundaba quebrantóse, y de él surgió un hombre de rostro grave y dulce á la vez, de krenga melena blonda, que, sacando de entre los pliegues de ancho manto una mano escultural que parecía hecha para imponer leyes á los m. undos, dijo con acento más que humano: ¡Bienaventurados los que lloran! y ¡ay del hombre nacido de mujer que no amó ni compadeció á sus semejantes! -Un relámpago, digno del Sinaí, envolvió un momento la faz del recién venido, bañóla después claridad solar, idílica luz de Oriente, como la que alumbraría la escena del Sermón de la Montaña. ¡Dices bien! -gimió el superhombre. ¡Miserable del humano que no ama y que no Hora! -y el rostro del soberbio intelectual se contrajo con dolorosísimo esfuerzo; dibujó la mueca del llanto; pero sus ojos quedaron enjutos, brillantes, febriles, ardiendo en soberbia, ávidos de ternura; su alma era como el lecho gigantesco de un torrente seco. ¡Estaba privado del don de lágrimas! Y la visión desapareció de mis ojos, dejándome en el pecho opresión dolorosa. III Otra vez cambió mi sueño de aspecto y de lugar. Distintamente vi á una mujer joven, morena, ardorosa, más expresiva que bella, tan expresiva que parecía hecha para amar con amor voraz y comunicativo como la llama. Su rostro enflaquecido, afilado; sus escaldados ojos llorosos, sus calenturientos labios parecían derretirse en fuego interno; insomne y suspirante iba en pos de una quimera: amaba á un hombre que no podía amar; anhelaba conmover el corazón imperturbable del superhombre que menospreciaba el amor y la compasión como á flaquezas morbosas. El alma de M a g d a l e n a la enamorada del desamorado augusto- -estaba hecha de caridad y compadecida del soberbio en cuyo pecho secó el orgullo la fuente de las lágrimas. ¡Ella le salvaría! ¡Ella le redimiría! Y consumíase de amor en espera de una inspiración salvadora de aquel divino condenado Y en medio de la noche vi á Magdalena avanzar con una linterna en la mano; la vi llegar al lecho del superhombre, hacerle aspirar una esencia misteriosa, y luego la vi entreabrir las ropas del dormido, sobre cuyo pecho esplendió al rayo de la linterna la rutilante coraza que forjaron los cíclopes; vi á Magdalena provista de una Urna sutil que mordía tenazmente el oro, cuyo polvo radiante iba a u r e o l a n d o en luz sus cabellos, más negros que la noche; vi, poco á poco, rajarse y ceder la dura chapa luciente, y vi, al cabo, á la mujer arrancar airada los áureos trozos de la coraza olímpica y librar de ella el torso apolíneo del hombre excelso. Realizada su obra redentora, el júbilo y la contenida a n s i e d a d de Magdalena estallaron en violenta explosión de llanto. Entonces el dormido despertó, sacudió su cabeza leonina, revolvió en torno los ojosdominadores, clavólos en la débil criatura, que lloraba de amor á sus pies, y com. o si todos los sentimientos, largo tiempo represados ó expulsados de su alma, volviesen de tropel á ella, oprimióse con ambas manos el corazón que amenazaba estallar en su plenitud magnífica, de sus ojos enardecidos brotaron lágrimas, sus entrañas de hombre palpitaron estremecidas por sensación inefable y cayó en los brazos de la dulce enamorada Músicas divinas sonaron luego en sus oídos; emociones hondas ó violentas sacudieron las innúmer; V das de su alma... i Volvió á sentir como hombre, y escribió casi como un dios; tornó expiación de su orgullo adoptó est le alcanzó la inmortalidad: Homo. BLANCA D E I,O S RÍOS DE LAMPÉREZ DIBUJOS DE MEMDEZ BRINCA