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i ESDE lejos, en el silencio prestigioso que envoivia la mitológica fragua, oíase día y noche golpearlos duros martillos de los cíclopes sobre la sonora chapa de oro de que forjaban, con arte sobrehumano, una coraza esplendorosa, digna de un dios. I as rojas llamaradas reflejaban en el áureo arnés arrancándole refulgencias de astro, y los membrudos cíclopes batían incansables el resonante oro, mientras el sudor perlaba sus frentes empapando sus crespos rizos, y un ardor creciente bacía relampaguear su único ojo, cuando sediento de curiosidad entré en el misterioso antro- -adonde no penetrará el poeta avaro de los secretos de la vida y de lo ignoto! -Deslumbrado por el esplendor de la coraza maravillosa, pregúnteles á qué desconocido dios la destinaban. ¡Moirtal! -me dijo el más cortés de aquellos sacros jayanes, ¿ignoras que pasó el tiempo de íos dioses? ¡Los dioses se han ido! La coraza que forjamos con amor de artistas ultraterrenos, está destinada, sin embargo, á uno que en nuestra edad olímpica hubiérase llamado semidiós, y que vosotros, los homúnculos de ahora, más prosaicos, no menos ambiciosos que los hijos de la celeste Grecia, llamáis siiperhombre. Concluida nuestra obra, la sumergiremos tres veces en las aguas milao- rosas del Leteo- -siendo poeta no ignorarás el nombre del río del olvido. -Después embotaremos obre ella las flechas del Amor, del divino Amor gentílico, y mediante filtros misteriosos, la haremos impenetrable á los místicos dardos de vuestra multiforme caridad cristiana y de vuestra enervante compasión, afeminadora de los viriles ánimos antiguos que hermanaban á los hombres con los dioses. El excelso mortal que ciña esa coraza de oro, no sentirá amor ni compasión, flaquezas que enmorbidecen el alma y la deforman; su espíritu sereno, con la radiosa serenidad de los inmortales, podrá lanzarse á todos los horizontes y cernerse sobre todas las alturas sin vértigos ni desmayos; su entendimiento, libre de miserias y limitaciones humanas, será igual al de los dioses. Calló el cíclope, volvieron los martillos á golpear la armadura; y asombrado yo de lo que había visto y oído, aléjeme pensando: El hombre que no sienta ni ame, ¿podrá crear belleza, ser artista... II Mudáronse las somoras de mi sueño- -como dijo xm poeta- -y hálleme en un antro ahumado y. fétido, que poco á poco percibí ser vulgar taberna de ciudad populosa, y frente á un hombre alto, arrogante, hermoso, olímpico, rico de músculos, irreprochable de contornos, de imperioso mirar de. inalterable majestad ultraterrena. El desconocido hablaba y un grupo de intelectuales escuchaba extático; su palabra era fácil, luminosa, musical, perfecta; sus- ideas, de superior alcance, giraban moviéndose como con esplendor y armonía sidérea; cuando reposadamente las exponía, seniejaba un serde otro mundo, un enviado. Pero de súbito deteníase el río caudaloso de su elocuencia, anublábase su iluminada faz, un rayo de satánica desesperación surcaba su frente y contraía su entrecejo; v aquella faz hermosa expresaba algo repulsivo, antihumano; y como dejando transparecer la caída tráoica de su inteligencia desde su deífica altura, tomaba durezas agresivas, perfiles demoniacos...