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Tí líJMA CPJADA JlJNnGlfJl Estás bien; no te vayas, no te muevas, no te levantes del humilde asiento; la labor sigue que entre manos llevas junto al velón humoso y macilento. Bañan mis ojos lágrimas al verte, mudo el labio, el espíritu en reposo, la rueca hilar, contenta con tu suerte, en este hogar tranquilo y silencioso. Las obscuras virtudes que atesoras, modesta abnegación, bondad sencilla, dan á tus mustias sienes pensadoras la vaga majestad que en ellas brilla. J ugó el tiempo tu frente, y tu mirada luce sin alegrías ni reproches, como la triste lámpara velada que enciendes para mi todas las noches. Jll compás del reloj, que los instantes cuenta, de la escalera en el rellano, vienes y vas con pasos vacilantes repitiendo tu esfuerzo cotidiano. El trabajo es en ti santa costumbre; nunca esperas que el alba te despierte; tu alma dócil, la dura servidumbre en ministerio del amor convierte. ¡Esclava del hogar! ¡Siérva sublime! Tu ejemplo admiro y á la vez me apena. La esclavidad tu voluntad no oprime; tu libre corazón sólo encadena. La hermosa primavera de la vida, aquel tiempo feliz, pronto olvidado, al contemplar tu imagen bendecida surge del negro fondo del pasado. ¿Recuerdas bien nuestra florida aurora, cuando, rompiendo en limpia carcajada, la risa, sin cesar, franca y sonora, regocijó la paternal morada? Estaba junta la familia: el padre y los hijos, dichosos; centinela alarmada y fatídica, la madre, porque siempre el amor teme y recela. Tras las horas de estudio, atronadores tornaban nuestros juegos y alegrías, y no sin inquietudes y temores, haciendo iú calceta, nos seguías. itífí. Al correr, caprichosos y alocados, tu ojo avizor por iodos vigilaba: tenias de las madres los cuidados, pero su dulce orgullo te faltaba. Desde entonces son tuyos nuestros goces; nuestras penas también; pero, discreta, la humildad de tu estado reconoces, y dicha ó aflicción, guardas secreta. De cada fatal golpe, el eco triste en tu fiel corazón mudo guardaste; iú, con la viuda, viuda te sentiste: huérfana con los huérfanos quedaste. Cada vez que, aterrándonos, la muerte entraba en nuestro hogar, pálida y fría, tú fuiste quien veló, serena y fuerte, al que su último sueño ya dormía. Del tiempo aquél, hundido en lo profundo, iú, pobre vieja, quedas solamente, cual venerable abuela, con un mundo de trémulos recuerdos en la mente. Esas memorias, para ti benditas, guardas del corazón en el sagrario, como flores que hallamos ya marchitas; pero aún perfuman el cerrado armario. Te gusta hablar de los ancianos graves, de los niños alegres y felices; el cuarto en que nacieron, tú lo sabes; la alcoba en que murieron, tú la dices. Tor eso conmovido te contemplo, turbada el alma y húmedos los ojos, columna sola y última de un templo, del que restan no más tristes despojos. De aquel pasado, que jamás olvido, del alma de mis padres, buena y santa, algo en ti queda, para mí querido, algo que me trastorna y que me encanta. Cuando, junto al hogar, con golpe seco suenan tus pasos en las duras losas, pienso escuchar, estremecido, el eco de aquellas lejanías venturosas. ¡Hendígote, mujer sencilla y grande, que no supiste odiar! Hasta la muerte sumisa y fiel, esperas que te mande, yo, que afanoso estoy de cbedecei le. Teodoro y. DIlíU. TO DE M. Z A P A T E R LLO HE NTE