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LA ÁUREA LEYENDA M UANDO anoche os dije, queridos hijitos, que sentía un frío muy hondo, oí que le dijisteis á esta vieja sirviente de mi casa: El abuelo, tiene frío, ¿lo oyes? Enciende mañana el primer fuego en la chimenea grande. Aquí está el fuego bendito; la llamarada alegre y bulliciosa de las carrascas os suena á música; la roja ascua de los troncos pone sangre en vuestras sanas mejillas. i ues también tengo frío, un frío muv hondo... Os diré de donde viene ese soplo helado que estremece mis huesos. Cuando yo era como vosotros sois ahora, encendíamos el primer fuego en este mismo hogar; ¿te acuerdas, vieja amiga? Al son de esa alegre música de las carrascas ardi ahora 1 librería tancia s bia com brioso, señorial Salía como ve ve que e -i Nos hablaba esa dama... Esperad, y o os diré de qué cosas nos hablaba aquí mismo, delante del Jiogar, entre el rítmico voltear de los husos y el lento cabeceo de las ruecas. Nos hablaba de guerras heroicas que duraban siglos; de capitanes esforzados que ganaban reinos de aventureros pobrismos que descubrían mundos; nos hablaba de santos, de héroes, de poetas de hazañas y de misterios. También de otras cosas altas: del amor, de la fe, de la Patria... y con ino- enuas palabras de oro puro, engastadas como joyas en la orfebrería del romance, evocaba visiones suntuosas, figuras altivas y pasiones trágicas. Nos dormíamos con estas visiones sobre los párpados, y así en nuestros sueños veíamos aquellos la estrofa romancera de grandezas que pasaban. Así nos dormíamos y así nos despertábamos, confiados y creyentes. ¿Te acuerdas, vieja amiga? No teníamos este frío que ahora nos acobarda y desespera Han tapiado la puerta, hijitos míos; ya no viene la dama rubia como el oro á sentarse delante del íiogar eii las noches de invierno. Vosotros no la oiréis hablar de esas cosas altas y fortalecientes á compás de los husos que se han roto y de las ruecas que se han quemado. Vosotros no veréis esa luz ni sentiréis ese calor suave... ¡Peor para vosotros, pobrecitos míos! Echad más leña en esa hoguera; parece que estamos en una cueva de íágrimás. Negruras íáméñtos, miserias, congojas, tormentos, injusticias... Ni una luz de estrella allá en lo alto; ni el reflejo de una llama en el anima aterida. Ved por qué tengo este frío tan hondo y tan mortal. DIDUJO DE REGIDOK JOSÉ N O O- A L K S