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EL COLCHÓN I o fui muy guapa dijo D a n i i a n a la guardesa á la señorita. María, que, en el umbral delpbrtalón, frente al inmenso llano marichégo, miraba curiosamente los d e d o s de la campesina mover ajetreados los iñ- finitos bolillos que tejen las blondas almagreñas. Fui una real moza siguió Dairiianá; pero ¿1- 7? trabajo y los muchos hi- jos lile han vuelto fea. Ya no soy conocida. Si usted me hubiese visto en mis tiempos... Ninguna de las del lugar me se ponía enfrente. Para mí fueron los Mayos más floridos, las mejores músicas... Por mí se navajearon dos chicos como dos trinquetes, y uno se queaó allí muerto delante dp mi reja, y el otro al prtsillo fué y por allá debe andar todavía I a madrileña, oyendo aquellas palabras, dejó i asomar á sus ojos una j. i impresión de espanto. La mirada maliciosa de la guardesa cogió al vuelo aquel fugitivo susto, y para alejarle c o n t i n u ó con acento suavísimo y tímido: Bien saben Dios y. la Santísma que no fué culpa mía. Yo no quería á, ninguno de los dos. Yo nunca he querido de veras á nadie más que á Agapo, mi marido. Y por f lo mismo que no nos de jabancasar, nos queríamos... ¡Huy, cómo nos que riamos, doña María! exclamó abandonando los palillos del encaje para juntar las manos y expresar a. sí la fuerza de su amor. Ante la evocación de aquel tiempo, ardieron luminosas las sagaces pupilas de Damiana, y los labios, perdiendo su prudente parsimonia, hablaron, narraron la lejana historia de aquella pasión. Mi padre no quería que me casase con Agapo. Claro, como dende que murió mi madre andaba yo hecha una burra con el trajín de la casa, pues, no le convenía... Y por mucho que yo le machacaba y le molía, él nada, que no y que no, y sin darme razones. Yo le preguntaba si Agapo era haragán, que si m. ujeriego ó borrachín ó jugador, que todo ello puede ser un hombre, y me contestaba con un bufido ó con una patada. Así estuvimos cerca de dos años. Al fin un día me dijo que si me quería casar que bueno, pero que él no me daba nada, ni siquiera una silla. Al oirle me puse tan contenta, tan contenta, que no me hubiera cambiado por la Reina de España. Cuando por la noche se lo conté á Agapo, también él se alborotó. Después empezamos á j u n t a r p a r a l a casa. ¡Ay, doña María de mi alma! Usted no sabe lo difícil que es sacar cuartos de donde no los hay; lo que hicimos Agapo y yo no se vuelve á ver en el mundo. El trabajaba sin parar de noche y de día; yo atacuñába moneda rebañando de allá y de aquí, hacien- do varas y varas de encaje, sisándole al padre cuanto, podía dar dinero: panillas de aceite, huevos, panes, garbanzos, hasta tres onzas y media de azafrán que junté hilo á hilo y que vendí muy bien á unos de Daimiel. Al cabo dé trece meses habíamos comprado el arcón para la ropa, seis sillas, tres ollas, la sartén grande de las migas, el cántaro y la cama. Pero nos faltaba el colchón; los colchones son cosa cara, doña María. Entra en ellos mucha lana y la tela ha de ser recia. Y nosotros no teníamos ya ni un ochavo. ¡Dios, qué rabia nos entró! Yo estaíja harta de hacer encaje y no podía aguantar más, y á Agapo le pasaba lo mismo. Entonces le pedí á mi padre que siquiera nos regalase el coichón. Y fué y me dijo que no le daba la gana- yíjue durm- iésemos en el suelo. X u a n d ó no le m. até, es porque nunca mataré a n a d i e Pero ande usted, doña María, que Dios me oyó y le mandó un mal para castigo. A los pocos- días volvió padre de ía labor quejándose de un ahogo muy grande, y se acostó sin cenar y se puso á morir. Al principio no llamamos al médico, pues otras veces, con caldos de víboras r