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Aj- er lo vistió im hermana Sol, y acoiiLecio eso de que todos hablan; noDles y villanos dicen mentiras sin temor de Dios. Fué un milagro de que estoy orgullosa, y quiero que mis hijas lo sepan de mí, que no miento. Doña Sol con todas las galas de la familia estaba muy linda: llevaba sobre la cotilla el topacio de la bisabuela Elvira, ese corazoncito claro y limpio metido en su aro de plata: también la esmeralda que llamamos la virreina, y las dos perlas de México. Se coronó con las rosas qu. e yo una por una corté del rosal, curando de que no estuviesen del todo abiertas. Fuimos á la capilla de Santiago, que un gran velo azul quitaba de la vista del pueblo: hizo oración ante el altar del santo caballero, y arrodillada en la. piedra besó la cruz, el cuchillo y la rosa. Entonces fué aquel grito que movió el escándalo. La cara de Sol, más blanca que el sepulcro, fué poco á poco como resbalando en el aire hasta dar en la piedra. La creímos muerta. Todas gritamos, haciendo un llanto que estremeció el convento. La madre Asunción no se enteró de nada, y seguía en el órgano toca que toca, y la música reforzaba el clamor. No sé qué mano metida entre los hierros rompió el velo azul con una daga. Yo no vi más que una cosa que me dio frío... Unos ojos grandes llenos de espanto y una cabeza que parecía cortada 3 puesta en un plato de encajes. La Divina Gracia reanimó á mi Sol, y dijo tocándose la frente, sin corona ya: -No es nada, hermanas mías: es que estas rosas me besaban... Sí; me besaron con besos muj fuertes. Siguió la ceremonia, y mientras el padre Crisóstomo de la Madre de Dios alzaba su cántico á la nueva Esposa, 5 0 entré en la bóveda que da al claustro y vi arrodillada bajo el Cristo grande, besando los divinos pies, cárdenos y desgarrados, á la madre Natividad, quien abrazóse conmigo y dijo muy quedo: ¡También á mí! Cogí una flor de aquéllas, quise oler su olor, y me besó en la boca. Me besó, me besó, y esto es pecado. Hijas mías, esta es la verdad. Somos de un linaje en que casi todas las mujeres viven tristes y mueren locas. No sé qué atroces pecados venimos pagando ó C ué crueldad tan grande mantiene este dolor. Conservad este rosal milagroso, este rosal de amor que tiene besos y fantasmas. ¡Ay de mí! ¡ay de mí... Así acaba la página anónima de esta triste crónica de amor y desventura, y bien haya el tiempo que respetó piadoso el libro devoto y confidencial, sobre el cual lloraron su desdicha tantas mujeres que vivieron tristes v murieron locas. J O S É NOGALES D I B U J O S DE MÍÍNDEZ IIRINGA Ai