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misma hoja ante la cual huyeron del Paraíso, corridos y afrentados, el padre Adán y la madre Eva... Bien ceñido, grave y tremendo, llevando en la mano el vaso de la cólera, seguido de sus legiones, Mio- uel hendió fos aires para bajar á la pecadora tierra, que veía envuelta en siniestra, turbia nube, y donde el vicio y la impiedad ascendían en marea amarga. El ritmo de su vuelo, las grandes alas de nevada pluma cortando el espacio azul, son señalados por los ignorantes astrónomos, ya como el paso de un cometa, ya como proyección de luz de un astro desconocido. Y es el Arcángel, que rectamente se desploma sobre una babilónica ciudad. La humanidad bulle en ella como denso hormiguero, revolviéndose entre el limo de la miseria y el cieno del pecado. En los fétidos barrios pobres, en los amplios barrios opulentos, la misma impureza, el propio egoísmo, la sórdida codicia, el negro odio, la incolora indiferencia. Y Mio- uel, exhalando su grito de combate, animando á los celestiales soldados, se arroja al asalto, blandielido la lengua ondulosa de llama, vertiendo el cáliz de la ira. Acordábase de otros descensos semejantes sobre legendarias ciudades asiáticas, con obeliscos, hileras de esfinges y avenidas de palmeras, y sentía el mismo furor de justicia, el ansia de barrer y extirpar á la empedernida raza que ni aprende, ni se enmienda, ni se humilla, ni llora... Y notó el Arcángel que las humanas hormigas contra quienes blandía su espada, no morían; apenas leve quemadura marcaba en su piel la llama rubí de la hoja. En vano Miguel descargaba tajos y reveses; en vano respiraba destrucción: los mortales se estremecían un momento bajo el cauterio, y volvían á sus intereses, á sus goces, á sus traiciones. Por primera vez en su vida de Arcángel, Miguel dudó de la eficacia del castigo, y adivinó que ahora las almas eran más duras, las epidermis más insensibles, el mal tenía raíces más complicadas y hondas... Entonces se acordó del mandato que había eludido cumplir, y volviéndose hacia sus soldados les dio el ejemplo de envainar la espada, desceñirse el tahalí, soltar el broquel, descubrir la cabeza despojándose del yelmo. Ya inermes, las legiones de ángeles se disolvieron entre la multitud, en s o n d e paz, exhorta ndo, aconsejando, interesándose por aquellos malvados á quienes quizás faltaba ocasión de ser un poco mejores. Y según los angeles se acercaban á los inicuos, la iniquidad disminuía, como mengua el limo de un pantano al derramarse sobre él la luz solar. La dureza de los corazones se ablandaba; un poco de amor t- flotaba en el aire impuro, saneándolo y halagando la frente del Arcángel. Y éste recordó el consejo del pobre del sayal; y como se había desnudado las armas, desnudóse las galas, cuanto podía recordar su estirpe y su magnificencia. Vistió lo más humilde: el ropaje de los que penan para vivir en el mundo. Apenas lo hubo hecho, sintió gran alegría: suelto, seguro, libre, se mezcló más de cerca á la humanidad sintió mejor sus necesidades y sus dolores; recogió abundante cosecha de almas; hizo florecer compactamente bondad y fe, y á su alrededor la hermosura de los arrepentimientos brotaba y cundía, al modo de los ramajes y las frescas plantas silvestres después de las lluvias primaverales. Satisfecho de su obra, Miguel el Arcángel subió al cielo, victorioso, á dar cuenta de sus triunfos... Todo lo conseguí exclamó postrándose desnudo y sin armas ni defensa. Y entre nubes de ópalo, la amorosa faz de Cristo se mostró á él; V la boca divina, cárdena, envuelta en sombras de dolor y de martirio, pronunció: Cuando vuelvas allá, además de inerme y pobre, ve herido, ve ensangrentado. Y el del sayal, que allí cerca oraba con las manos juntas, se las enseñó á Miguel. Vertían sangre: el amor las había atravesado con clavos gruesos. EMIUA PARDO BAZAN DIBUJOS DE REGIDOR