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EN LAS LAN DAS DE BURDEOS fteÍA llanda es la estepa francesa; estepa la más extraña acaso y la más llena de anomalías de todas. En su inmensa planicie, familiar al viajero que atraviesa el Sur de Francia desde el Ador- hasta Burdeos, el suelo decrece paulatinamente para llegar al mar, cerca del cual le cortan dunas inmensas, verdaderas montañas de arena movediza empujadas por los vientos del Norte. Y al pie de ellas nacen pantanos que se extienden en inmensa cadena de insaliibridad y desolación hasta el mismo Burdeos. Región castigada por el destino si las hay, la Landa fué casi inhabitable en el pasado. Aun hace dos siglos, las dunas avanzaban cuarenta y cinco metros por año. Los pueblos eran septiltados paulatinamente. I, a ciudad de Mimizán, la antigua, fué soten- ada bajo la duna de Udós, no dejando apenas recuerdos de ella á la moderna, hoy alegre balneario. El paisaje laudes era tristísimo: siempre el are- nal y el p- antano y la duna. Eos naturales no podían ser otra cosa que pastores. La Naturaleza les impedía hasta andar por sus tierras, que no eran sino cieno v desierto... é idearon el c c iassi? el zanco enor- s mmm me y típico que los hizo famosos. Con él podían salvar el lago, atravesar la llanura, correr tras el ganado. Y le usaron con tal destreza, que atajaban con él el galope de las bestias. El paisaje landés tenía entonces algo de extraordinario. Solían verse en sus llanuras, limitadas por matas juncosas y pinares aislados, rebaños Cunuucidos por seres fantásticos tan altos como árboles. Eran eckassürs que guiaban sus ganados Todo esto fué, empero, alterándose, incluso el paisaje. Las plantaciones sistemáticas de pinos detuvieron las dunas, desecaron o charcos y fueron haciendo menos noce; rio el échasse. Aún hoy, sin embargo, hay regiones que recuerdan el pasado landés. En éstas la capa de arena (de un metro c a s i siempre) descansa sobre otra de matería. org á n i c a y limosa. A- i. i- rÉé i fe M -f íA AVA formando praderas blanduchas que el invierno inunda y el verano caldea, y hace pantanosas é imposibles para la vida. Cuando se atraviesan las Laudas, desde el tren el paisaje no es éste. Es una inmensa llanura sembrada de pinos. El trabajo constante del hombre ha dado el verdor y la vida á estas comarcas, q ue apenas si recuerdan los tórridos desiertos de antaño. Fots. Bern T VlRiATo DIAZ- PEREZ s V