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vj Sr- T Vi 1 5 AÑORANZAS DE LONDRES AL D, ¡qué bonita que es usted! ¿Qué dice? -pregunta ella ttn poco asombrada. Ramiro de Maeztu le contesta en inglés: -Dice que es usted muy bonita. Entonces ella fija en mí las miradas de sus ojos azules, claros, ingenuos, y exclama sonriendo: L? JS -rOh, j es, yes! Maud es una inglesita fina, espiritual, delicada; tiene un pelo de un oro suave, brillante; su cara es ovalada; hay un hoyuelo delicioso en su barbilla; unas pestañas largas velan la luz incierta, titileante, de sus ojos. Y sus manos, largas, sonrosadas, con hoyuelos también en los artejo, s, suben de cuando en cuando hacia la frente y acarician sutilísimamente unos rizos de seda que sobre ella se encorvan. El piano toca un vals lánguido y plañidero; hay en la sala lindas damas y hombres afeitados, pulcros, que pronuncian de tarde en tarde una frase con aire grave. -Maud- -digo yo á esta inglesita: ¿quiere usted venir á Madrid? ¿Qué dice? -torna ella á preguntar á Maeztu. -Dice- -contesta Maeztu- -que si quiere usted ir á Madrid. Maud m e n i i r a entornando un poco los ojos, y torna á sonreir, toda llena de una viva satisfacción, toda llena de una emoción infantil. -i Oh, yes, yes! -e. xclama. ¿Dónde he conocido yo á esta Maud? ¿No es Maud una de estas rubias- -Pepita, Lola, Iluminada ó Carmen- -que tantas veces he visto yo en los pueblecillos mediterráneos, blancos, apacibles, con palmeras y naranjos en sus huertos, con viejecitas limpias, con niñas que alcaer de la tarde hacen encajes en las puertas con un sonoro rumor de los macitos? Ya no estoy en Londres; ya estoy en una de estas diminutas y claras ciudades meridionales. Maud permanece silenciosa, mirándome; yo contemplo sus manos, sus ojos, sus labios bermejitos y gruesos, sus rizos sutiles y de seda, la línea armoniosa, suave, de su busto. -Maud- -le digo yo por tercera vez, -usted vendrá conmigo á España; usted, Maud, vivirá allí en una casa vieja; esta casa tendrá un zaguán ancho y obscuro, con un enorme farol que no se encenderá nunca; detrás de la casa habrá un huerto con limoneros achaparrados, y un estanque de aguas verdosas, sobre las cjue caerán las hojas en el otoño. Usted, Maud, estará siempre metida en una sala en que habrá una cómoda vetusta; encima de esta cómoda estará un gTarr fanal de vidrio, y dentro de él, una virgen pequeña, vestida de negro, xon un corazón de plata en el pecho, lleno de espadas. Usted, Maud, tendrá á su servicio un viejo mayordomo que se llamará D. Juan, D. Pedro ó D. Rodrigo, una criada anciana cjue rezará todas las noches por usted, y una mocita que i r á y vendrá por la casa con un lazo encarnado sobre su pelo. Y cxiando cj uiera usted, Maud, salir á dar un paseo por una antigua alameda de la ciudad, usted se. meterá en un coche grande, enorme, despintado, que andará lentamente y hará un estrépito de chirridos y golpes sobre los cantos agudos, lisos, de las callejas... Pie callado al llegar á este punto. ¿Qué dice? -ha preguntado de nuevo Maud. Ivlaeztu le ha tra, sladado palabra por palabi a lo cjue yo le había dicho, y entonces ella ha abierto clel todo con asombro profundo sus ojos anchos, azules, y ha exclamado con una deliciosa ironía: ¡Oh, yes, yes! Fuera, corrían veloces los axis por la ancha calle; pasaoa una multitud precipitada, febril, por las aceras, y una blancuzca niebla velaba las negras, las inmensas fachadas délas casas... I UIU. TO DE M É N D E Z B R I N C A AZORIN