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t- LA PATÉTICA DE BEETHOVEN TA conversación de sobremesa con extraños mariposeos, acabó por fijarse sobre un asunto soni Í At brío. Se hablaba de las sensaciones que se prolongan en el cuerpo humano más allá de la muerte. Citáronse, ¿cómo no? las observaciones hechas en los guillotinados; los experimentos de Crookes Cada uno mencionaba un caso extraño. -Yo he visto algo más extraordinario que todo eso- -dijo Juan mientras sacudía la ceniza del cigarro sobre su taza de café; y entornando los ojos como para evocar mejor sus recuerdos, añadió: ¿Os acordáis de Pablo Salces? Ya sabéis que después de su gran triunfo en Munich con su famoso cuadro La epopeya, se casó allí con una jovencita, casi una niña, enamorados mutuamente con frenesí... Berta era, como Pablo, apasionada por la música, y ambos se pasaban horas y horas sentados al piano y al órgano, saboreando juntos el deleite supremo que deja en el alma la interpretación del niár sublime de los artes. Así se conocieron y se amaron. ¿Recordaréis que seis meses después, y en pleno viaje de boda, vinieron á España, y que aquí en Madrid una pulmonía infecciosa la mató en pocos días? Pues, bien; cuando murió Berta, Salces no quiso ver á nadie. Yo sólo, su amigo fraternal, fui admitido para acompañarle en la tremenda velada. En el centro del estudio- ¡qué hermoso estudio! -sobre cojines turqueses, extendió una capa abacial del siglo XV, y sobre ella, casi cubierto de flores, el cadáver de Berta liado en sedas blancas... Ni blandones de cera, ni emblemas fúnebres. Tan sólo un crucifijo de marfil yacía sobre el pecho de la muerta. La velada fué penosa, El y yo solos sobre un ancho diván. Yo contemplándole, él sollozando como un niño, desplomado sobre mi pecho. Por fin Salces á la madrugada se levantó, contempló largo rato á la pobre muerta, y tambaleándose fué á sentarse ante el órgano. No sé cómo sus manos cayeron sobre el teclado, suaves, y un sonido dulcísimo se esparció blandamente. ¿Qué haces? -dije yo sorprendido y queriendo interrumpir aquella profanación insensata. ¡Calla! -me contestó. -Es la Patética... la sonata incomparable que Berta no p u d o oír jamás sin llorar de dulcísima emoción. ¡Es para ella! Déjame. ¡Es la última vez! Y la sonata maravillosa surgió vaga, doliente, apasionada, llenando con su dolor inexpresable mi alma de ternura infinita. No sé por qué volví la cabeza, y mis miradas se detuvieron sobre la muerta, ü n espasmo de terror heló mi médula. XJn alarido de es panto brotó en mi garganta, súbitamenteenronqu. ecida... ¡Délos ojos de la muerta caían dos lágrimas que resbalaban lentas! ¡Os juro que yo las vi! E ü í s PARTS