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Jlnoche, en ta honda paz que el campo desde el humilde cuarto donde duermo he oído una voz triste j profunda como la inmensa soledad del yermo 1) el doliente quejido de un enfermo 7. a voz, por lo rotunda. Jo fresca, lo potente, por su timbre robusto, parecía pertenecer á un joven. J o la oía vibrar interiormente dentro del alma mía como vago torrente de amargo sentimiento calendo lentamente con ritmo grave y lento sobre el río caudal de la armonía Al trémulo fulgor de la sállenle sonrojada luna, la voz cantaba una copla triste y extraña, que el eco devolvía como respuesta fiel de íá montaña. Era una copla llena de poesía alada y celestial, y así decía: inunda, Las hojas amarillas arrastra el torbellino. Mudos están los campos, los jardines desiertos, Por el camino blanco de la blanca necrópolis lentamente desfilan los carros de los muertos. Daba al verso postrero de la estrofa el cantor tan lastimero matiz, tono tan dulce y tan sentido, que antes que en el oído vibraba en las regiones ideales donde tienen los sueños su albo nido repleto de ese ruido que forman aleteos inmortales; era el rítmico canto como si aquél que lo entonaba viera á través de las sales de su llanto su último amor y su ilusión postrera marchar por la empolvada carretera hacia la negra cruz del camposanto. Me asomé á mi balcón. En la distancia perdíase la voz como un lamento. lina gélida ráfaga de viento llegó hasta mi, llevando la fragancia de las silvestres flores. Aún escuché la voz, que ahora decict con gemebundo acento de agonía esta canción de trágicos amores Cuando caistes en tierra al darte la puñalada, se convirtieron en lirios los claveles de tu cara. Ta sólo oí un rumor vago y doliente. Mientras, la luna majestuosamerJe, alzando en el azul su faz de hielo, contemplaba la tierra indiferente desde el augusto pabellón del cielo. PEDRO DIDUJO D E E V A l l E L A BARRANTES