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El epílogo del Fausto URIÓ solo y desamparado entre las suntuosidades del soberbio palacio que le albergaba, sin que ninguno de sus numerosos criados acudiera á sostener su cabeza en las últimas convulsiones de la agonía, y sin que nadie enjugase la última lágrima, de aquel hombre que había ahorrado tantas á sus semejantes. i La luz pálida de un alba lluviosa y fría entraba perezosa por las vidrieras del balcón. Sobre la enorme mesa de trabajo, una lámpara encendida aún coloreaba tímidamente la habitación, arrancando reflejos áureos á las molduras de los cuadros y llegando con irisaciones opacas hasta los rincones obscuros de la alcoba. El cadáver de Juan, derribado sobre un charco de sangre que empapaba el tapiz, aparecía completamente dentro de la proyección luminosa de la lámpara. Al herirse con certera mano, había caído tropezando con una butaca, y así había quedado en los postreros espasmos de la vida, con una pierna replegada, un brazo extendido en busca de asidero, 3 la mano izquierda agarrotada sobre el pecho como si quisiera contener los últimos latidos del corazón. Nadie supo su muerte hasta seis horas después. Nadie sabe aún por qué se mató, excepto dos personas: Augusta y yo. La criatura perversa á quien amó tanto, y yo, que nunca hubiera podido devolverle todo lo que de él había recibido. Girando supe la noticia por el aviso de su más fiel criado, prohibí que se diera parte alguno hasta que j o lo ordenase, y me dirigí en busca de Augusta. La encontré en seguida; subimos á un coche, y así, de golpe, sin preparación, los puse frente á frente... á ella viva y á él muerto. Y allí, mientras ella permanecía muda é inmóvil, asombrada de mi audacia, comencé el proceso de aquella catástrofe, recordando todo desde el principio al fin. La historia de ambos. La de Juan, llena de amarguras, y la de Augusta, borrosa y corrosiva como un ácido. La llamaban Augusta, y lo era. Altay esbelta como un a estatua clásica, tenía el pelo teñido de rubio, los ojos negros y los labios muy rojos. Juan la encontró en la revuelta del camino con la cabeza dolorida por el insomnio 3 el corazón reseco por el uso, y á pesar de todo, la adoró. Aquella mujer, cuya piel tenía los aterciopelados tonos de lá camelia y cuyo aliento exhalaba las fragancias de la violeta, simbolizaba para él la juventud viva, la forma ideal de la belleza dominadora eterna. Sobre las ruinas de aquella voluntad tan enérgica y libre, se irguió Augusta soberana y fuerte. ¿Quién como ella? Dueña absoluta de aquel hombre, representó la comedia del amor, y cada vez más enloquecido Juan, todo se lo autorizaba y lo consentía todo... hasta el día tremendo, fatal, en que al pedirle con balbuceos tímidos explicación de sus extrañas volubilidades, ella, escarneciéndole con sus carcajadas, le recordó su inferioridad, la carga de los años que los separaba, la vejez prematura... Y sólo entonces, cuando la oyó reír, comprendió Juan que todo había terminado para él en este mundo. ¡Viejo... ¡Viejo... ¡Más viejo que ella... ÍSentirse lanzado así en vertiginosa caída vertical al través del tiempo; permanecer perpetuamente unido al doloroso recuerdo, cada vez más triste, más lejano, que agiganta las distancias y lo borra todo, como los jirones grises de la niebla; naufragar en las aguas de la melancolía; sentir cómo ahoga la pena poco á poco y seguir viviendo; que el corazón se contrae 3 se arruga, y que el sollozo sustituj e á la respiración... ¡Haber sido ya no ser! Aspirar fuerte y oler á muerto, cuando alrededor todo canta y ondula en agitación sinfónica, universal... ¡Qué agonía y qué horror! No pude continuar hablando; los sollozos ahogaban mi voz, y las lágrimas enturbiaban mis ojos. Transcurrió asi buen espacio de tiempo. El silencio era absoluto en aquella sombría habitación. Augusta se levantó, atusó los rizos de su nuca poderosa, y erguida, serena, mientras sus labios rojos sonreían triunfalmente, pasó ante mí y salió sin mirar al cadáver. Me quedé solo en presencia de la esfinge mvida, que parecía mirarme con asombro, 3 entonces sentí profunda pena por aquel nuevo Fausto, cu 3 o pacto había sido roto antes de vislumbrar la aspiración suprema de la santa poesía. iLo ideal fué sueño y lo real fué dolor. Allí quedaba el muerto, pero sin que iluminasen su contorno medroso los resplandores de la piedad infinita; sin las hojas de rosa de la beatitud caídas desde lo alto sobre su cuerpo; sin que arrullasen su eterno sueño los cánticos de la redención... Cerré sus ojos 3- salí. Mefistófeles silbaba al Maestro Divino, y Augusta había vuelto para preguntarme si el pobre muerto le legaba su fortuna, Lris PARÍS DIBUJO D E REGIUÜIL