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DON J O A Q U Í N E L BUENO don Joaquín, amante y cariñoso padre de familia, no le cabía el gozo en el cuerpo ante el anuncio de que Mr. Loubet iba á pasar por delante de los balcones de su casa. iQué hombre tan galante! -decía la mujer de D. Joaquín besando una fototipia de Loubet. ¡Claro! ¡No esperaba yo menos! -contestó el esposo. ¡Venir á Madrid y no pasar por una calle tan céntrica como la nuestra, hubiera sido un desaire: ¡Y menudo negocio se nos prepara! ¡Tú calcula! Tenemos, sin incluir la ventana de la cocina, tres huecos disponibles que podemos alc uilar á buen precio, y excuso decirte, Melitona, el ixfuercillo que se nos entra, gracias á la atención de ese hombre. -Yo creo que debías abrir un abono. -Lo que procede es que el niño tome medida de los balcones para ver las personas que pueden caber en cada uno, y luego vender estos billetes de balcón á cinco duros. ¿No te parece? ¿Cinco duros? ¡Ks poco! ¡Eso piden los de ahí enfrente, y tienen sol toda la tarde! Ten en cuenta, Joaquín, que nuestros balcones están á la sombra, y la sombra siempre vale más que el sol. -Bueno, pues pondremos seis duros, y tres para niños que no sean de pecho. Cuatro billetes por balcón, á seis duros, arrojan la no despreciable cantidad de trescientas sesenta pesetas. ¡Trescientas sesenta pesetas! -dijo batiendo palmas Doña Melitona. ¿A que no sabes lo primero que compraría con ese dinero? ¡Qué sé yo! ¡LTn juego de cacerolas! Porque, hijo, estamos guisando en unos botes de harina lacteada. Y cada uno apuntó á cuenta de las trescientas pesetas lo que nrás falta le hacía. Pero ¡oh inesperada y terrible sorpresa! Al día siguiente, y sin previo aviso, se presentó en el domicilio de D. Joaquín toda una brillante comitiva de parientes, decididos á ver á Loubet desde los balcones de la casa de nuestro infortunado personaje. D. Joaquín se colocó en jarras y en actitud de protesta contra la invasión, pero como en su vida había tenido el menor arranque, se limitó á decir: ¡Vaya! ¡vaya! ¡Pues habrá que poner tres ó cuatro colchones en la sala! ¿No os parece, queridos amigos, que este sacrificio borra el recuerdo de Guzmán el Bueno? Pobre D. Joaquín! LUIS GABALDÓN