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jos, como las portadas de los libros viejos: Cercis süiquastrztm, Robinia, Ailanihus... V otras veces leo nombres que traen el recuerdo, casi el perfume de países lejanos, de tierras orientales: Moral do China, Plátano de Grecia, Sophora del Japón... ó rótulos poéticos como el Arhol del amor, de corteza n c r a y troncó serpentoso, ó el Olmo de las montañas, corpulento, recio, con adherencias de musgo, como manto de terciopelo sobre su cuerpo de buen mozo. Me parece que los dos viejos están juntos todas las tardes sobre la misma losa, sin contarse nada porque al leer las cartelas negras y rojas nunca oí ni susurro de palabras- ¿Será posible? El anciano de la pardusca taima, ¿no siente suave anhelo por saber de la vida sencilla del sacerdote? Y al sacerdote, ¿no le incita un poco la turbulenta existencia del comediante? Sobre los pliegues del manteo caen los pliegues de la taima; sobre las copas de los olmos cae el crepiisculo de la tarde; se adormecen, apagándose, las monótonas cadencias; resuena más claro el chorro del agua sobre el tazón de piedra. El guardián del Jardín toca una campana, y al conjuro del repiquete vibrante, los dos viejos se levantan de la losa en que están sentados. Los vi una vez en el momento de levantarse; vi que los dos se descubrían las testas canas; los dos se encorvaron un poco más de lo que naturalmente estaban encorvados; oí que el sacerdote, con leve gangueo, le dijo hasta mañana al comediante, y oí que el comediante, con voz serena, aunque uif tanto opaca, le contestó el cielo os guarde Uno se arrebujó en el manteo; otro se rebozó en la taima; por el sendero de mirto se marchó el sacerdote; por una escalinata, entre esculturas de mármol que representan viejos botánicos baió el comediante. Murió el viejo de la taima. Asistí á su entierro como piadoso recuerdo de aquellas noches éii que iné hizo reír representando comedias en un teatro. Eramos cinco personas las que fuimos al camposanto, V. Sv o ñ i, cammanao ios cinco melancólicamente detrás del cuerpo del comediante. Al -í volver del entierro entré en el Jardín i. 1 Botánico. Sentadito en la losa rasera y ancha encontré al sacerdote; me senté a su vera, saqué un periódico, le desdoblé, v á media voz, con lentitud solemne, leí un articulejo muy lacrimoso, tristemente apretado entre dos rayas muy negras. El sacerdote viejo volvióse á mí para preguntarme ¿quién era ese? Yo respondí: Este era el otro En el mismo momento sonó el repiqueteo vibrante de la campana; el viejecito se levantó de su asiento, con leve gangueo me dijo: Hasta mañana y yo, doblando el periódico, le respondí: El cielo y os guarde t Tnu. TOñ HK TipninoTi FRANCISCO ACEBAL