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FiL YE: S 3 ¡Ké fAS ciiidades populosas tienen rincones plácidos: el Jardín Botánico es nn rincón sose. o- ado y lljíáil plácido. Yo paseo en él todas las tardes, y poco á poco, las turbulencias de la vida ciudadana- se aplacan y se encalman en el recogimiento misterioso, entre los troncos seculares, bajo las copas de los olmos, por las calles angostas y largas con setos de mirto que cercan como vallas sombrías bancales de flor. El crepiísculo de la tarde cae apacible sobre las sóforas, los olmos y los almeces del Jardín Botánico; la tierra húmeda exhala aroma de flores marchitas, de hojas secas, y suena monótono el chorro del agua en surtidor de piedra recubierta por liqúenes negruzcos y amarillos. Es paz del crepúsculo sereno, de dulzura misteriosa. A largos intervalos, el agrio silbido de las locomotoras al partir de la estación vecina rasga el silencio del Jardín y suena entre el boscaje como quejumbre lastimera del mundo lejano. A los rincones húmedos y sombríos llega de cuando en cuando un eco de cantos infantiles formados por monótonas cadencias y bárbaras palabras, pero tan risueños, que armonizan can el chorreo del agua sobre el tazón de piedra. En la calle angosta, entre la doble carrera de mirtos, hay bancos de piedra tan anchos y tan raseros, que parecen losas sepulcrales; todas las tardes van á sentarse dos viejos en una de estas losas. Los dos tienen el rostro rasurado; los dos encorvan el busto hacia las rodillas; los dos, sentados sobre la losa de piedra, parecen sentir anhelos suaves de reposar debajo. Eos veo juntos todas las tardes como sí fuesen eternos moradores del Jardín plácido. Yo creo firmemente que cuando é. stos mueran vendrán otros dos á relevarlos y á reposar serenos todas las tardes sobre la misma losa rasera y ancha. Uno es sacerdote, y sus manteos caen lacios sobre la losa; tan raídos están, que verdeguean como los troncos, como la piedra, con leve matiz musgoso. Al otro, yo le conozco de antiguos tiempos; me hizo reír muchas noches representando comedias en un teatro. Ya no existe el teatro en que este viejo representaba; pronto dejará de existir el viejo que representaba en aquel teatro. Viéndole, evoco aquellas uoches, y me parece imposible cjue un señor tan triste y tan encorvado me hiciese reír nunca en ningrín teatro. Sn rostro está ya lacio, seco, verdoso como los manteos del sacerdote. Sobre sus hombres cuelga una taima. Todas las noches acude á mi memoria un lejano recuerdo de aquella taima; es un recuerdo tan esfumado, que yo no puedo saber seguramente si la que veo y la que recuerdo es una misma taima. Tal vez no sea. Eos dos viejos miran hacia la tierra, hacia las hojas secas y retorcidas cjue caen de las copas de losolnios. Creo que nunca me han visto pasar y repasar delante de ellos; sin duda soy para ello; uno que pasa de largo. Y sin, embargo, yo algunas veces hago alto cerca, con el oído atento para escuchar lo cjue hablan porque á mí me parece que aquellos dos viejos se contarán cosas muy extraordinarias. Disimulo m i curioso acecho leyendo las cartelas que penden de los troncos con letreros negros, y ro-