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LA COMPRA DE UN SOMBRERO os sombreros tienen una filosofía que nosotros no coniprendemos. La compra de un sombrero es tm asunto grave; si somos nrovincianos, el asunto será mucho más grave. Somos, en efecto, unos provincianos modestos; allá en el pueblo vivimos silenciosamente en nuestros majuelos ó en nuestras tiendecillas; un chaquet nos dura veinte años; una levita, cuarenta; los cuellos recuerdan tiempos prehistóricos, y nuestro sombrero ha visto todas nuestras alegrías y se ha entristecido con todos nuestros pesares. Pero ahora hemos venido á Madrid con otros convecinos; tenemos que hablar con el ministro ó hemos de asistir á una asamblea de secretarios de Ayuntamientos ó de médicos titulares. En el tren, mientras veníamos, pensábamos que sería preciso comprarnos r sombrero. Y al llegar á Madrid, después de estar un momento en la fonda, hemos entrado en una sombrerería. Ya os he dicho que somos provincianos modestos. Al entrar en esta sombrerería magnífica, un sentimiento de respeto se apodera de nosotros. Bstamos un poco aturdidos por el viaje; hemos perdido el método de nuestra vida familiar; se han alterado las horas de nuestras comidas; hemos marchado por las calles entre el estrépito délos coches jr el cruzar y recruzar vertiginoso de los viandantes. Y ahora en esta sombrerería nos sentimos desorientados, sobrecogidos. ¿Un sombrero? -nos pregunta un señor sonriendo. -Sí, un sombrero- -contestamos nosotros sonriendo también, y sin saber por qué. Entonces sacan grandes pilas de sombreros y nos los vamos probando. Unos son muy grandes; otro s son muy pequeños. Nosotros nos ponemos ante el espejo; nuestra imagen, de este espejo pasa á otro espejo y se multiplica hasta lo infinito. Una señora nos mira silenciosa, elegante, desde detrás de una taquilla; en la tienda flota un vago aroma de castor y de pieles. Y nosotros seguimos probándonos sombreros. ¿No viene ninguno bien? -nos dice el señor sonriendo imperturbable. -No, no- -contestamos nosotros con voz suave, mientras sonreíiuos también penosamente y nos quitamos el vigésimo ó trigésimo chapeo. Unas gotas de sudor comienzan á aparecer por nuestra frente; no hay en esta tienda, evidentemente, un sombrero apropiado para nosotros, y pensamos que deberíamos marcharnos. Pero no podemos hacerlo. ¿Cómo vamos á salir de aquí, después de haber estado media hora probándonos sombreros, sin comprar uno? Ue pronto, el señor de la sonrisa aparece con uno entre las manos, y exclama triunfalmente: ¡Aquí está! Nosotros sentimos un sobresalto. Cogemos el sombrero f nos lo probamos. Este sombrero nos viene un poco estrecho. -Es un poco estrecho- -decimos tímidamente. ¡No, no! -protesta, haciendo fuerza sobre nuestro cráneo, el sombrerero. ¡No, no, viene perfectamente! ¿Qué hacer en este trance? Nos sentimos anonadados. Ua bella señora de la taquilla nos mira con sus ojos de ensueño. ¡Sea lo que Dios quiera! -decimos- -y salimos con el nuevo sombrero. El nuevo sombrero nos viene, en efecto, pequeño. Parece que este sombrero nos tiene odio porque lo arranca tifi mos de la vida mundana de Madrid para llevárnoslo á provincias; y una serie de pequeñas molestias se iuau -ura, con las cuales el sombrero nos Cjuiere signific. ir su lostilidad. Pero nosotros no cejamos; no hay más remedio que llevar este sombrero estrecho, puesto que lo hemos comprado... y lo llevamos contra viento y marea. T Eos días y los meses pasan. El tiempo aplaca los odios. VA enojo que nuestro sombrero sentía contra nosotros ha desaparecido. Ya él se ajusta perfectamente á nuestro cráneo ritnncvlKoK, j x- i i parables amigos. Y un día, cu ando nos ponemos nuestrfletdta p a i í l a t ú n aóto -Llf. ra mujer o nuestra hija nos dicen con gesto adusto, conteniDlando nuestro n t solemne, y nueseombrero está ya muy viejo! sentimos- ante la idek de é g -ntZflll t Zgi ÍA DIBUJO DE HUERTAS AZORIN