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do estuvieron lejos del teatro y á solas, le dijo, acompañando la dureza de la palabra con la dureza del ademán: ¡Eres u. n canalla! El insulto embraveció á Guido, que levantó la mano, dejándola- aer seguidamente. Se arrepintió del movimieinto d é l a ira. No era cobarde, pero era artista y calculó súbitamente todas las consecuencias de la riña. Vio al intérprete de su obra inutilizado físicamente ó, cuando menos, moralmente para el estreno; vio la emoción, la ronquera del cantante, el fracaso de su papel y de la obra. -Dime por qué: -Lo sabes demasiado. Me engañáis como unos miserables tú y Giulia. Guido fué entonces verdaderamente miserable; negó su amor á Giulia y aguantó las injurias de Pietro. -Tranquilízate. Ves visiones; pero puesto que las ves, yo te las quitaré de los ojos. No hablaré más con Giulia. ¡Yo engañar á mi hermano en el arte! Si no te quisiera tanto, te abofetearía ahora mismo. Harías mal tu papel y Giulia te despreciaría. Yo no arriesgo nada. He hecho ya mi papel: he escrito la ópera, la he ensayado; no la represento. Puedo, pues, enfurecerme; no necesito la calma de luis nervios. Pietro tampoco era cobarde, pero se rindió por segunda vez al conjuro. Pensó como pensaba Guido, y creyendo ó no en las palabras, creyó en los temores del fracaso, El amor del arte venció en ambos al honor de la persona. La noche del estreno Pietro entusiasmó al público, sobre todo en el dúo de confianza amorosa que cantaba con su mujer. Se olvidó de ella, acordándose sólo del personaje teatral. La crítica reconoció que había salvado algunos pasajes débiles de la música. El éxito fué grandioso. Pietro abrazó y besó con emoción, sincera á Guido. ¡Qué maestro! -decía Pietro después en el cuarto de Giulia. ¡No hay otro igual en el mundo! -y añadió, como pensando en voz alta: -Efectivamente, si yo fuera mujer le adoraría. Giulia no supo, ni tal vez quiso, reprimir un gesto de alegría. Su marido le daba la razón recomendándole al amante. Pietro lo advirtió y dijo, siempre pensando en voz alta y con artística resignación: -Si riñéramos, ¿quién nos escribiría papeles de tanto lucimiento? -Nadie como Guido- -dijo Giulia. V -4 ¡Qué gran arti. sta es tu marido! -decía el maestro á la tiple unas horas más tarde. -Tengo que aguantarle sus injurias y amenazas. No hay tenor igual para mis obras. Y Giulia, Guido y Pietro, siempre unidos, queriéndose bien, trabajando por su gloria y alegrándose de sus triunfos, siguieron formando la más alta trinidad artística de Italia. Todo por el arte: ¡hasta el honor! EUGENIO SELLES DTBU. TOF; DE MÉNDK: TÍRTN GA