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EL ARTE CONTRA EL HONOR Í N toda Italia no había entonces tiple más famosa, ni de fama mejor merecida, que Giulia Pisana. -í Y en toda Italia no había tenor de voz más brillante que Pietro Corsini. Y en toda Italia no había tampoco músico más inspirado que Guido Ñero. El uno componiendo óperas y los otros cantándolas, formaban la más alta trinidad artística de Italia. Sobre todas sus cualidades, pasiones é intereses, dominaba en ellos el interés y la pasión del arte. Y marchando los tres por el i ií mismo camino, y juntos siem- T pre en personas y en espíritu, sucedió que Pietro y GiuLa fue I ron pronto marido y mujer, casa. Ni I dos por la conveniencia artística, J J y Giulia y Guido fueron amantes -í- encadenados por el amor sen- V, y- y P. oj el amor del arte. Giu. M lia no vio en su marido á su pa. reja humana; vio á su pareja ar. tística. Guido amó á la cantante más que á la hermosa. El terceto iba sonando con dulce armonía, como acontece en tales casos mientras el secreto de dos corazones no se propaga á los tres interesados. Pero apareció un día ese diablo que tira de la manta de los misterios amorosos, el enemigo co mún, porque destruye la inquieta felicidad de los amantes y destruye á la vez la dichosa io- norancia de los maridos. ¿Fué una imprudencia de la pasión? ¿Fué una casualidad? ¿Un descuido? 5 ¿Una sorpresa de los celos? ¿Una Tr- delación de la envidia? No se sabe de dónde vino el rayo; pero el rayo hirió aquellos tres corazones con golpe simultáneo, por lo muy estrechados que vivían. Pietro sintió fuertemente el dolor agudo de las desdichas inesperadas. Y no la esperaba porque le parecía que su gloria- VIera título bastante para ser ama í. do, y cuando menos, respetado. Acaso lloró más por el desacato que por la traición. Irritóle tal vez menos que la injuria al amor conyugal, la afrenta hecha al amor propio, poniéndole enfrente otro artista tan digno como élde ser amado. Aquel día terrible era el del ensayo general de una ópera nueva de Guido. Pietro llegó al teatro con la resolución de castigar á la mujer traidora. Ua ira le saltaba á los ojos, que le ardían, y á la voz, que le temblaba. ¿Qué víbora te ha picado? -le dijo Giulia. -Víbora es, y la víbora más venenosa. ¿Estás loco? ¡Qué oportunidad! Vas perdiendo la voz por momentos, hoj? que necesitas de todas tus facultades. Serénate; piensa en el estreno de esta noche; puedes fracasar. Pietro sintió instantáneamente el efecto de aquel conjuro. Pensó en el estreno, y se serenó, ensayando su papel como el hombre más tranquilo y feliz de la tierra. El arte no tiene celos de hombre. Pero Giulia entró en cuidado y recelo por las palabras de Pietro, y empezó á distraerse de su papel. ¿Ves, Pietro? ya me has puesto nerviosa; ensayo mal y, seguramente, canto peor esta noche. Voy á deslucirme. Pietro tembló ante el peligro artístico más que había temblado ante su desgracia conyugal. Maldijo de sus celos, y olvidando todo lo que sabía, acarició á su mujer. -Ahora tú eréis la que debes tranquilizarte. No me hagas caso, perdóname; yo te ensayaré, te ayudaré. Pietro no disimulaba; sentía verdaderamente lo que iba diciendo. Nunca, tal vez, amó tanto á Giulia. Acabado el ensayo, Pietro cogió del brazo á Guido, como si se abrazara con su mejor amigo, y cuan