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Entretanto que los tales dineros llegaban, urgíale allegar otros para que la finca no fuera á dar en ajenas manos; y como, por suerte, joyas y piedras de luces la sobraban, su deseo era ultimar la pronta venta de lo que encerraba una arquilla, con cuyo contenido hubiese bastado para adquirir un reino. Tamaños ojos como los de un puente se le abrieron al fingido mayorazgo al abarcar de una ojeada el caudal que aquella balumba de joyas y piedras sueltas representaba, y como hombre de pronta resolución y expeditivas conclusiones, se apresuró á decir con desenfadada cortesanía: -Guardaos bien, tesoro mío, de malbaratar el que esa arquilla contiene. Por merced del cielo y larguezas de mi anciano padre, hacienda no me falta; y. aunque por el momento carezca en la corte de las sumas que os son precisas, el rico mercader para quien tengo cartas de crédito ilimitadas no dudará un punto, con mi solo aviso y la cédula cjue he. de firmares, en poner en vuestras manos esos dineros y otros tantos que deseéis. Por mera formalidad, yo mismo le dejaré como seguro ese cofrecillo ínterin de Burgos llega con qué rescatarlo, y hoy mismo podréis hacer el pago de la finca y aun reservaros cuanto os sea preciso para vuestro sustento y regalo. -Sólo del que ya por esposo tengo- -contestó la perulera- -podría aceptar tal merced; mas siendo, como ya son, los vuestros mis bienes, como vuestros los míos, necedad sería que me parara en repulgos. Y llamando á una criada, la hizo traer recado de escribir y una hoja de papel, que el fingido mayorazgo llenó de garabatos con tanto aplomo y pulso tan firme como si otro oficio no hubiera tenido en su vida. Momentos más tarde, con tal prisa y tan absorto en sus pensamientos salía el galán ocultando entre los pliegues del ferreruelo el precioso cofrecillo, que aun de no haber sido tanta la obscuridad del zaguán como en efecto lo era, no hubiera visto á una vieja que se disponía á subir los fementidos peldaños que á la morada de la indiana conducían. III Con no menos premura recogía entretanto la satisfecha dama algunas de sus ropas y efectos, semejándose al ave que, presintiendo la llegada del cazador se dispone á abandonar la blandura de su nido, cuando un recio campanillazo vino á ponerla en tan manifiesta alarma, cjue sin aguardar á que la i criada lo hiciera, ella misma corrió á abrir la puerta. Mas tal fué, no su asombro, sino su alegría al mi rar en sus dinteles á la mismísima reverenda dueña i que vimos cierto anochecer plaücando con el recién fugitivo mancebico, que echándole los brazos al cuello, exclamó con lágrimas de júbilo en los ojos: -Todo, madre Marta, se ultimó en menos plazo del que esperábamos. Corred sin perder momento á hacer dineros de esa cédula que acaba de dejarme el húrgales, y pongámonos en salvo antes de que nadie pueda percatarse del engaño. ¿Qué húrgales ni qué niño muerto? -murmuró sin reprimir su enojo la vieja. -Cartas á que ha hecho variar de curso uno de mis traineles, dicen bien claro que el rico mayorazgo, retrasado su viaje por no sé qué malhadados asuntos, no estará en Madrid antes de dos semanas. Y sin curarse de oir las razones de su discípula- -que lo era y no de las más lerdas la fingida indiana, -bastóle echar una ojeada sobre la recién firmada cédula para que saliera de estampía, gruñendo mientras bajaba á trancos las escaleras: ¡Malhaya la que cría cuervos para dejarse sacar los ojos por ellos! Pero cuando se desbordaron todas sus iras fué cuando al regresar á su vivienda, más ahogada por el despecho que por la tos, se encontró en ella al peripuesto rufián, que más regocijado todavía que la hechicera perulera, mostraba, con aires de conquistador de vastos imperios, el contenido del repleto cofrecillo. -Llévete el diablo por bobo- -rugió la dueña, -que tu necia presunción acaba de destriparme el más famoso entruchado que ideé en mi larga vida. Corre, corre á vender esos vidrios que yo misma compré y mandé aderezar, y si por ellos te dan el quinto de lo ue me costó limpiarte de andrajos y descortezarte i de lacerias, entonces sí que podrás decir que has puesto cima á un buen negocio. Y con ser aquella casa tan llana como campo mauchego, con tales voces y denuestos le arrojó de ella, que no hubo celosía que no se abriera ni cortina que no se alzara para dejar asomar una cara tomada de albayalde, en la que á las claras se pintaba el regocijo producido por el corrimiento del emperifollado afalán. V f ANGEI R CHAVES DIBUJOS DE MÉNDEZ BlUNGA k-