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(0 mm -í. LOS ENGAÑOS DE ON ENGAÑO CUENTO DSO IIÁ MÁS D S DOS SIGILOS I O te dejes coger, bobillo, entre las garras de esos gerifaltes de faldellín de cliainelote y de saboyana con más randas y sobrepuestos que terno de ar obispo, que esas no sólo son estrujadoras de bolsas y desollinadoras de faltriqueras, sino que apocan los espíritus mejor templados y achican los corazones más valerosos. De este modo, con voz siquier temblona pero todavía entera, hablaba cierto anochecido rrna al parecer reverenda dueña á un galán ancho de espaldas y corto de cuello, que á no ser por el chirlo de á jeme ue le dividía el rostro en dos mitades y por los harapos que con pretensiones de galas cubrían su no por cierto desgarbada persona, bien hubiera podido sostener ventajosa emulación con más de cuatro lindos de los que blasonaban en la corte de sorber el seso á las más peregrinas hermosuras. Rl mozo se contentó con replicarla en tono reposado; -Cuídese buena madre, de las tiernas ovejuelas que la tienen por su amparo y guía, y déjenos en paz á los hombres, que el que más y el que menos ya cabe dónde le aprietan los chapines. ÍSi dineros la pido para cambiar estos andrajos por otros arrequives que dejen lucir mejor mi garbo y apostura, no es porque piense adormecerme en el ocio y cuidar sólo de mi regalo, sino que con ello he de ultimar, así Dios me ayude, un negocio que ha de darme la ganancia sobrada para pagarla con las setenas, no esa pequeña merced, sino otras de más monta que le debo. -Bien decía yo- -susurró la dueña enjugándose con el pañizuelo una lágrima de ternura- -que no habías de desmentir la sangre que llevas en las venas. No fué, sin duda, tan explícito el galán cnanto la vieja deseara, por cnanto que al separante se oyó que ésta murmuraba: -Toma, único lucero c ue alumbra las negruras de mi vida, esos soles acuñados que me pides, y Dios te dé fuerzas para ser siempre tan callado en el potro como te empeñas en serlo ahora conmigo. II Da madre que le parió no le hubiera conocido. No todos, sino una parte de los ducados que le diera la amorosa dueña, bastaron para que una ropavejera, gran negociadora en prendas antes halladas que perdidas, hiciera del andrajoso rufo, barbilindo tan cabal y emperifollado, que hasta el genovés más astuto hubiera tomado por piedras de ley los vidrios que hacían de joyel eu el sombrero, y por oro de muchos quilates la gruesa cadena que le caía airosamente sobre el pecho. Con tal atavío y teniendo de su parte la majeza que era natural en su persona, bien podia meterse de hoz y de coz en aquella aventura de que sólo á medias dio cuenta á la dueña y de la que se prometía sacar, amén de satisfacciones que no escupía su honor enamoradizo, no cortas ganancias. Tratábase no menos que de hacerse pasar por un rico nia 3 orazgo húrgales que de un momento á otro debía llegar á la corte sin otro fin que ultimar un casamiento, por cartas, tratado con vrna dono. sísima viuda que, al decir de la fama, se había traído del Perú, de donde procedía, una fortuna en plata labrada y más de otro tanto en piedras de luces y joyas de purísimo oro. El negocio para nuestro improvisado galán no estribaba en soplarle la dama al de Burgos. Su probidad no le hubiera permitido tomar por esposa la c ue ya de palabra lo era de otro, contentándose buenamente con cj ue el engaño durase los días bastantes para que la libertad de futuro marido le dejara introducirse en la casa de la perulera, donde, á Dios gracias, no había de faltarle ingenio para cargar, si no con el todo, con buena parte del rico tesoro que allí se escondía. Y como es sabido que la suerte está siempre de parte de quien con empeño la busca, tan á pedir de boca salieron las cosas á nuestro hidalgo, que todo lo que él soñó obstáculos se le volvieron facilidades. Por artículo de fe tomó la acaudalada indiana los papeles y cartas, falsos, por supue. sto, como el alnm de Judas, de que su falso prometido había cuidado de proveerse; y tanta fué la confianza que en él depositó desde su segunda visita, que ella misma le facilitó en una hora el logro de deseos que no contaban realizarse en menos de una semana. Entre halagos y caricias le abrió tan por completo su corazón, que no vaciló en confesarle que, mal conforme, la que á otras comodidades y grandezas estaba hecha, con vivir en la estrechez de aquella casa, la primera con que había topado en la corte, tenía apalabrada otra con humos de palacio, para pago de la cual esperaba una remesa de caudales que de allende los mares le estaba anunciada.