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los mantos de púrpura convertidos en harapos, Salve! Xuestr. t caución no es la canción de la tristeza, sino de la alegTÍa sana y robusta que sigue á la obra realizada, á la fecundidad madre. Cumplisteis vuestro destino estival, y os barre el viento residuos de vida, briznas de amores; en vosotros perdura el estremecimiento que os agitó al vivir y al amar, y viviréis de nuevo y amaréis todavía, ¡siempre! El otoño no destruye, renueva; no es pozo, es remanso. El raudal viviente se estanca un instante para seguir más poderoso y bullidor su camino eterno. ¡Salve, cosas y seres remansados, adormecidos en el letargo que sigue á la plenitud, en el desmayo del esfuerzo píetórico, que os váís con nosotros rodando á mundos desconocidas, mientras las nubes pasan por el cielo v las hojas secas se arrastran sobre la tierra! Y tal vez la señora sin nombre, terminada nuestra canción otoñal, me contase quedamente sus amores, arrancando con mano nerviosa á cada recuerdo de goces pasados y de tristezas sufridas, hierbecillas amarillentas del suelo. Veríamos mientras tanto, como ahora veo yo allí, á lo lejos, las manchas rojizas, entre confusiones amarillentas, de los cuerpos de los vendimiadores que cortan de ias vides los obscuros racimos. Oiríamos, como ahora escucho yo, las notas más agudas de sus cautos, suavem ente velados por la distancia, notas melancólicas, níonótonas, como de vida que se queja. Y el montón de hierbecillas amarillentas arrancadas por la nmno de la señora sin nombre, iría creciendo, creciendo. Al fin, la lenta historia acabada é inmóvil su mano, mi amiga contemplaría como en soñadora interrogación el tropel de nubes que pasan por el cielo. Y nuevamente llegaría á nuestros oídos el ladrar codicioso del perro cazador, que estreu: ece de miedo á las avecillas en sus ocultos amparos. Y ya el sol, rompiendo, para morir, el cerco de las nubes, extendería majestuosamente sobre la amarillenta tierra su explosión de luces. ¡Todo brillaría entonces como inundación de oro! iiomento fúlgido, deslumbrador, que heriría nuestras pupilas, acostumbradas á las grisáceas ú ocres tintas otoñales. Vestirían súbitamente las lejanas montañas sus mantos azules; los árboles, casi despojados de hojas, agitarían como panes de oro aquéllas que no arrancó el viento todavía de sus ramas. Eos obscuros matorrales darían aún la nota de su verdor pasado, como tina resurrección triunfal del color de la vida, y en el abrasado rastrojo se alzarían vibrátiles mil puntos luminosos. Después, desmayaría poco á poco toda aquella fantástica fiesta de fulgores, v en vuestras pupilas v en el cielo v en ia tierra fiesta se cernirían las sombras: obscuridad lenta, encalmada, perezosa, segmra de su fuerza in vasora, como entra el sueño en el cuerpo cansado. Oiríamos más próximo é hiriente el canto de los vendimiadores, camino ya del lagar; después, una detonación y unos ladridos gozosos. Divisaríamos confusamente el cuerpecillo de un ave al caer moribunda, y la señora sin nombre desperdigaría con incjuieta v temblorosa mano el montoncillo délas hierbas amarillentas. Y allá, por el remanso más hondo de las cumbres, cruzaría ráp. ido, aejanuo regueros de chispas, trazando una línea de luz vivísima, un tren cuyo estrépito de agitación, de fuerza, de vida, estremecería el silencio, el descanso del otoño. JjlLLJt, o UE M t L i i N A iil, J O S É UÜ RÜURE 4; t í.