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yí h 6 -í áfei y? i -M n e i s í fl í cien regados; al otro, la acequia grande, tersa como un espejo. En su quieto crústal se veían algunos luceros y el disco manso y plateado de la luna. Una profunda paz envolvía el paisaje: bajando hacia el río, una masa de fronda quejumbrosa parecía aletear: era la arboleda ribereña: el claro verdor de los olivos cernía la luz crepuscular. Al pasar frente al huerto encantado tuvo la zagala como un deslumbramiento. Sentado á la puerta, sobre un tronco caído, estaba el viejo marrullero. -Esos frutos que llevas no valen nada: entra y coge de mi huerto los más sanos, los más hermosos, los más dulces... Y se reía jovial y cariñoso como un abuelo. Ella sentía una curiosidad muy grande. Contaban que en aquel huerto cerrado había lindas aves, árboles extraños adornados de joyas, frutos que no se corrompían, flores de un aroma desconocido... -Sé que tu madre te ha dicho que no entres aquí: j O oigo todas las necias historias que os cuentan de noche. No hagas caso: esas mujeres rabian porque no las dejo entrar. Y cuando la niña entró al fin, dejando su cestito junto á la puerta para recobrarlo á la salida, el viejo, con su boca de risa que parecía una larga puñalada, siguió diciendo: -También os cuentan que yo mato á la gente. es que ella se muere. O que la entristezco... es que ella se busca sus penas. Y luego: -Aquí tienes mi huerto. Come, bebe, goza. En un huerto como éste estaba nuestra madre Eva. Quedóse admirada la inocente. Unas flores grandes y bermejas la besaban, dejándola su aroma; aves de plumaje dorado y carmesí la seguían, batiendo el aire con sus áureos abanico. s; volaban entre las hojas de árboles extraños los insectos como joyas vivas y resplandecientes; unos verdes, otros azulinos, otros irisados, algunos transparentes como un hilo de miel, y todos animados de un trémulo zumbido de amor. La luna parecía más grande y más clara; del aire surgía el canto de pájaros amantes, y las ramas enternecidas lloraban lágrimas de ámbar... ¡Qué noche tan larga! Verdaderamente, en un huerto así estuvo nuestra madre Eva. Amaneció al fin, y la niña, cansada á más no poder, buscaba junto á la puerta su cast llo. -Hace muchos a ños que se pudrió, mujer; ¿no sabes que has vivido años ahí? Y el viejo se reía como siempre, con su boca fina y larga como una puñalada. La afligida vio en el cristal de una acequia su figura de vieja, triste y arrugada, y lloró su encanto. Ya nadie de los suyos viviría... Y con sus manos vacías y temblorosas se fué hacia el templo á vei á la Virgen... JOSÉ N O G A L E S D l i í U J O UE 1 Í. EGIDOK.