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1 cu 1 1 1 ll I s- l i II l. l 1 1 1 1 MI ir- M I II I M I 1. 1- 1. allí pernoctaremos. En el baritel de la mina abandonada vimos, en efecto, á dos mujeres sentadas al amor de la liimbre. Junto á ellas, de pie, un hombre alto que cubría su cabeza con un capirucho cónico idéntico á los cjue usan los payasos, atizaba la hoguera. De las dos mujeres, una era vieja; la otr i, joven y de peregrina hermosura, mostraba sobre e busto estatuario una cabeza bellísima, gentil; d; cintura para abajo tenía el cuerpo oculto bajo los pliegues de una manta. Mis amigos y yo saludamos al entrar; las mujeres y el hombre nos contestaron cortésmente, invitándonos él á di, sfrutar del calor del fuego. Aceptamos con alegría y ofrecíniosles que cenaran de nuestra merienda. Mientras comíamos, el hombre del capirucho nos habkS de la errabunda vida que hacía. Era titiritero, dirigíase á Bailen con su esposa y su hija Amparo. Temerosos de la lluvia, ellos amparáronse del cobertizo para pasar la noche: los compañeros habían seguido su camino. Mientras su padre hablaba, Amparo y yo nos mirábamos. Los ojos de aquella muchacha me producían extrañas, recónditas sensaciones. Terminada la cena, cada cual buscó acomodo para dormir. Todos se rindieron pronto al sueño: entonces ella y 3 o hablamos. Nunca el amor ha caminado tan de prisa. Me acerqué al sitio que ella ocupaba. Comprendí sin esfuerzo que mis redes de cazador se rompían, que estaba á merced de Amparo. Hablé primero j o, y ella escuchó con triste sonrisa mis palabras. IvUego, Amparo, siu dejar de mirarme intensamente, con amor, dijo: -También yo siento por usted lo que nunca he sentido: seríamos muy felices si yo pudiera ser feliz. Desearía vivir una eternidad este presente. Y 3 0 exclamé; -Es enigmático lo que usted me dice. El enigma enciende la curiosidad. ¿Por qué nosotros no podríamos ser felices? N o me pida- -respondió ella- -qvre aclare ahoiJlljUjO Uli KKGIUOK ra el misterio de mis palabras, y perdóneme luego que haya avivado en usted sentimientos é ilusiones que se ago. starán muy pronto. No hablamos más en toda la noche. Tomé una mano suya entre las mías, y en éxtasis, mirándonos, nos halló la Itrz del alba. Removiéronse los compañeros. Aprestó el criado las caballerías. Fué y vino el payaso sin interrumpir iruestro encanto. -Amparo- -dije, -llegaré mañana á Bailen; allí nos veremos. Ella entonces exclamó llorosa: -Usted renunciará á mi amor dentro de unos minutos, cuando conozca el enigma. Salga y lié. vese á sus amigos; voy á asearme vm oco. Me levanté y salí con mis compañeros. Ya era día claro. Toda la noche había llovido; las encinas lagrimeaban por sus broncas hojas penas desconocidas; el sol, por entre los desgarrones de las nubes viajeras, asomaba de tiempo en tiempo su disco deslumbrador. A caballo esperaba yo el momento en que Amparo apareciera. Pasó un rato; nadie salía. Me torturaba una ansiedad inexplicable. Di la vuelta al baritel. ¡Habían huido! Iban ya camino de Bailen. A lo lejos vi moverse el gorro puntiagudo del payaso; al lado suyo caminaba su mujer; Amparo, no. Piqué espuelas; ya llegalDa á los fugitivos, cuando me pareció ver que algo se movía delante de ellos. Me aproximé aún más. Mi caballo instintivamente se paró. Estaba viendo el enigma, el enigma, cjue mirándome gemía. Sentí desmoronarse mis ilusiones. Amparo arrastraba por el suelo su busto de diosa; no tenía piernas; ayudábase para caminar de sus manos armadas de tablillas; de sus manos blancas, inmaculadas, que yo había tenido entre las ni a. s. iRGii io COECHERO