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jLiviJLi io p KRN: Ais r) K 2; N un velador de la Maison Dore, el sombrero de paja echado atrás, las piernas cruzadas y una mano vertiginosa haciendo y borrando números, veo á un hombre. Al pasar lo reconozco: es el pintor escenógrafo Amallo Fernández. ¿Qué haces? le pregunto, asomando mi vista por aquel presupuesto. -Ya lo ves; cuentas de viaje, saneando la moneda lo mejor que puedo. ¿De modo que te vas resueltamente? -Me voy, no creas que á la ventura, á recorrer tierras; eso en mí, y con estas hebrillas de plata en las barbas, no sería muy cuerdo. Me voy, porque me han ofrecido un regular c o n t r a to para el teatro Albisu de la Habana, d o n d e he de hacer o b r a s importantes. En la Habana residiré todo el tiempo necesario para el cumplimiento de mi compromiso. D e s p u é s- pienso r e a l i z a r mi i viaje, un viaje que ya sabes tengo hace t i e m p o proyectado: Estados Unidos, Argentina, Méjico, etc. ¿Y después? -Después... me dijo con resuelta conf o r m i d a d si hallo fondo en Ñew- Y ork ó B u e n o s Aires, ó- -s- donde sea, echar el ancla, y... acordarme mucho de mi tierra y de vosotros mientras sigo pintando telones. Sí, me voy, porque el teatro en España, por lo que respecta al arte escenográfico- -no me meto en otras consideraciones ni pretendo darte una conferencia- -está cada día en peores condiciones. Aquellas empresas fabulosas, aquel don Simón Rivas, el mismo Arderíus, Felipe Ducazcal, que montaban una obra con el verdadero aparato que su argumento requería, sin escatimar lienzos ni detalles de mise en scene, han desaparecido. Del teatro Real no hablemos; en las dos últimas temporadas de Arana puede que no se hayan pintado dos decoraciones. Además, el decorado de papel, el antiartístico decorado de papel, pintado 3 a poco menos que á máquina; esas remesas que de Italia se mandan á teatros de la importancia del Español, como los trajes hechos, y que luego acopla y refresca cualquier oficial á quien se le paga un jornal mezquino, han acabado con la escenografía. Y como para las empresas el procedimiento no puede ser más económico y así las va bien, ¿á qué gastar dinero en montar espectáculos decorosamente? Por eso yo, que no quiero dar mi brazo á torcer pintando en malas condiciones y para mal vivir, renuncio á la mano 5. de Doña Leonor y abandono mi patria en busca de más halagüeños horizontes. Hubo una pequeña pausa, á la que puso fin Amallo diciéndome absolutamente convencido: ¡Ya ves qne no queda otro remedio! Y corno yo le pidiese algunos datos que estimaba curiosos para el público, Amalio bebió un pequeño sorbo del bock, y me dijo: -A mi vuelta de París, donde hice mis estudios, entré como oficial en casa de Bussato y Bonardi. Bien pronto tuve una participación en las ganancias y el derecho á firmar las decoraciones en unión de los dos maestros; pero el i n c u m p l i miento de una parte del contrato que habíamos firmado, fué causa de que me separase de ellos, y en el año 1889 instalé por mi cuenta un taller, d e b u t a n d o en Apolo con las decoraciones de una revista de Felipe Pérez, París de Francia. El éxito obtenido confirmó mis propósitos de independencia, y la suerte vino en mi aj- uda, p i n t a n d o en poco t i e m p o p a r a A p o l o La Virgen del mar, La caza del oso, y para el Español Don Juan Tenorio, Don Alvaro y El día jneinorahle. Después, y entre muchas que no recuerdo en este momento, hice las de Blasones y talegas. El arca de Noe La revoltosa, La chávala, y en el Real, La Walkyria, Sigfredo, Sansón y Dalila, Llansel und Gretel y Aida, p a r a l a que hice completos y detenidos e s t u d i o s del arte egipcio. H e sido el primer escenógrafo que ha llevado al teatro en España las nebulosas de vapor y los cambios en negro, y mi campaña del teatro Lírico, tanto por el decorado de las óperas que se estrenaron, como por el estudio minucioso de la mise en scene, es de lo que estoy más satisfecho. Mi teatro predilecto es Apolo: justo es que así sea. En él me di á conocer, y ea él termino por ahora. De los directores con quienes mejor me he entendido en ideas y en facilidades para desarrollarlas, ninguno como Ricardo Calvo. y Luis París, Luis París especialmente, con el que hubiera llegado á la realización de todo cuanto yo he visto y aprendido en mis viajes por el Extranjero: que también yo me asomé d las ventanas de Europa. No he vuelto á ver á Amalio. Qyú. 7. k estas hojas, húmedas todavía por el aliento de las máquinas, lleguen á los lectores cuando mi buen amigo se halla á muchas leguas de España. Yo le saludo agitando este número en la mano, como se flamea un pañuelo en señal de despedida. LUIS GABALDÓN OT. COMPAÑY